—¡Ingratísimo! Así se trata á las amigas. Cerca de un año hace que nos separamos.

Quiso hablar Alberto, pero la Ciorretti se le adelantó.

—Si no necesito disculpas... Ya sé que se va usted á casar. ¿Cuándo, cuándo es el acontecimiento?

—¡Casarme...!

—¿Cómo casarse? Cualquiera diría que le toma de sorpresa...

Alberto se las arregló como pudo para cortar cuanto antes el palique y volvió á encerrarse en la casa. Llevaba el corazón colmado de un sentimiento de vergüenza. Las mejillas le abrasaban. Su novia... ¡Pobre Fina!

Hizo sonar el timbre, y en acudiendo Manolo, le ordenó que á la mañana siguiente le tuvieran apercibido un maletín y un caballo con que ir á Villaclara.

Al siguiente día, cuando montaba á caballo en la plazoleta orillada de álamos reales, oyó á manera de un lloro en los balcones. Azor y Sultán asomaban el hocico entre los hierros pugnando por arrojarse á tierra.

—¡Calla, Sultán; calla, Azor, que pronto vuelvo! Y se despidió afablemente con la mano.