Claro está que doña Dolores no era mulata, pero tal era el loor más tierno de don Medardo, el cual, acercándose á su esposa, la besó en la frente, alta, rotunda, serena, donde no se habían albergado nunca ideas tormentosas.
La misma noche, la tía Anastasia preguntaba á Josefina:
—¿Qué te parece ese rapaz, neñina?
—¿Qué rapaz, tía?
—¿Quién ha de ser? El que comió hoy aquí.
—Pues... nada.
—¡Ay, palomina mía! —suspiró la vieja, abrazando fuertemente á su sobrina.
Alberto frecuentó desde entonces la casa. Sus visitas fueron tan asiduas y largas que don Medardo, destilando satisfacción por ojos y boca en forma de sonrisa, se creyó en el caso de preguntar á su hija Leonor, á tiempo que le prodigaba cariciosos golpecitos en la mejilla:
—¿Qué hay? Al papá no se le oculta nada. ¿Os entendéis ya? ¡Ah, picarona! Dímelo, ea.
—Pero, ¿quiénes, papá?