—¿Quiénes han de ser? Tú y Alberto.
—Anda, anda... Ni en sueños. ¿Cómo se te ha ocurrido una idea tan descabellada?
Don Medardo agachó la cabeza, anonadado:
—Pero, entonces... —se atrevió á objetar—, ¿á qué santo ese visiteo de todos los días?
—Yo qué sé, papá: vendrá por entretenerse.
—Además, si no me equivoco, os he oído trataros de tú.
—Sí; á los pocos días nos hablaba de tú á Josefina y á mi. No sé si también á la tía Anastasia. Milagro será que el mejor día no os tutee á mamá y á ti. Dices que es muy buen chico, y no lo dudo, y que tiene talento, y eso, permíteme que lo dude. No sabe bailar rigodón, ni recitar versos de Pérez Zúñiga, ni juegos de prendas..., y luego, hay tardes que apenas si despliega los labios.
Don Medardo intentó exculpar á su ídolo:
—Eso es sin duda culpa de Josefina, que parece una marmota; y, claro, el muchacho se encontrará prohibido.— Don Medardo pensó decir cohibido.
Sí, la marmota era la causa del silencio de Alberto, y también de las visitas diarias. Había comenzado por sentir un llamamiento recóndito desde el hogar del indiano. Á él acudía sin saber por qué, como si la mecánica de su espíritu le indujera á pensar que sólo allí encontraría equilibrio estable. En los preámbulos de sus relaciones, mostrábase locuaz y chispeante, perseguía la amenidad y aspiraba á hacerse querer de todos. Á Josefina la trataba como á una niña, porque si bien andaba por los veinte, á ello le autorizaban las trazas infantiles de la muchacha, su grande ingenuidad y la misma opinión del resto de la familia. Pero, poco á poco, Alberto fué comprendiendo que la supuesta niña guardaba un arcano interior, profundo y rico. Arrepintióse de las palabras frívolas, de las gracias de poco momento que hasta entonces le había dicho, y pensó, como en un ideal vislumbrado, en poseer el alma de Josefina. Soñaba con ella de continuo. Estando á solas, rebuscaba y componía las frases modestas y llenas de pasión que luego había de decirle; pero, en acercándose á ella, sentíase desesperanzado y como á infinita distancia de aquella pureza estelar que debía de ser el corazón de Josefina. Rehuía la conversación, considerando que tal vez el silencio era la única vereda que le condujera al afecto de la amada. Una tarde Alberto sorprendió á Josefina contemplándole de tan intensa manera que no cabía duda acerca de la naturaleza de sus sentimientos. Al verse sorprendida, no bajó los ojos, no se ruborizó, sino que siguió mirando, fijamente, tenazmente, amorosamente. Alberto estuvo á punto de abalanzarse á besarle los pies, á adorarla, sin miramiento de los que estaban presentes. Refrenó su frenesí hasta que pudo hablar un momento á solas con Josefina, y dijo, tembloroso, los ojos húmedos: