—Pero, ¿es verdad que me quieres?
—Sí —respondió Fina, con voz tersa.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre; y para siempre.
Y siguieron mirándose de hito en hito, como si el amor los hubiera inmortalizado, trocándolos en estatuas.
Los amores de Alberto y Fina se traslucieron muy pronto. La tía Anastasia los consideró como un triunfo personal suyo. Don Medardo no se resolvía á alegrarse; se encontraba vagamente vejado; le hería que Leonor hubiera sido postergada. De otra parte, no podía entender qué era lo que Alberto había visto en Fina, para enamorarse de ella, y llegó á dudar de la sinceridad del joven.
—¿No se querrá reir de ella, Dolores? —preguntaba á su esposa.
—Yo qué sé, Medardo. Los hombres sois tan particulares... ¿Qué tenía yo para que tú te hubieras fijado en mí?
—No acompares, mujer. Ya quisiera Fina parecerse á ti, cuando tenías su edad... —Luego inesperadamente encendido.— ¡Y aun ahora..., mulata! —la oprimió con ímpetu el mantecoso brazo.
—¡Ay, Medardo; no seas bruto! Ellos parece que se quieren, de modo que mientras dura...