—Sí, pero hay otra cosa. ¿Te parece bien que la mayor, la más lista, la más guapa esté sin novio? Es una injusticia y no puede ser.
—Ya sabes que pretendientes no la faltan.
—Si tú llamas pretendiente á ese Hurtado... Un títere.
—Y ya ves; á ella no le disgusta.
Leonor se había encaprichado por Telesforo. Olióselo éste y se propuso cultivarle el capricho, hasta que alcanzase el máximo desarrollo. Para ello, había sobornado, con bastante tacañería, á una criada, la cual entregaba á diario á la señorita una carta y una composición poética. Los versos de Hurtado estaban cargados de vehemencia y detonantes ripios. Pero á Leonor la sacudían los nervios, haciéndola suspirar, con una mano sobre el corazón.
El emponzoñamiento poético llegó á manifestarse por medio de alarmantes perturbaciones. La infeliz enamorada perdió el apetito, la risa, el arte de bordar zapatillas de moqueta, y con periodicidad abusiva experimentaba soponcios y patatuses. La entereza de don Medardo sufrió con esto tan rudos golpes que en poco tiempo hubo de desmoronarse, dejando abierta á la voluntad de su hija amplia brecha por donde penetró triunfalmente Telesforo Hurtado.
Pero Telesforo se determinó en captar las simpatías de los papás y lo consiguió. Por el contrario, Alberto, según pasaba el tiempo, incurrió en tales arbitrariedades y ligerezas que don Medardo y su esposa llegaron á dudar del estado de su mente. Tan pronto desaparecía de la casa, haciendo suponer que había roto con Fina, como se presentaba sin previo anuncio, con grande aplomo y naturalidad, no de otra suerte que si fuese la muchacha una prenda sobre la cual él ostentara indiscutible derecho. Por eso no era raro que doña Dolores murmurase de vez en cuando:
—¡Quiera Dios que tu ligereza de haber traído á casa á ese hombre no nos cueste cara, Medardo!