Era por la mañana, pocos momentos antes del almuerzo. Estaban sentados en el jardín de la casa don Medardo y su mujer, Hurtado y su novia. Fina cortaba flores con que adornar la mesa, lejos del grupo y de manera que no podía alcanzar lo que hablaban. Don Medardo, con el tronco terriblemente tieso sobre un sillón de paja, exhaló un balbuceo:
—Pero, ¿usted cree, Hurtado, que ese... criminal? Vamos, quiero decir... ¿Cree usted que es él...?
El rostro de don Medardo era cadavérico.
—Por Dios, papá, no te pongas así.
—Calla, Leonor —ordenó el padre.
—Le diré á usted... Yo ya le he contado. Al día siguiente del suceso misterioso estuve en su casa. Aquello era una ruina; todo roto...
—«Señales evidentes de sangrienta lucha»; ya lo dice el periódico —intervino doña Dolores.
—Pero él —continuó Hurtado, estirándose verticalmente hacia abajo las guías del bigote— estaba muy fresco. Se bañó delante de mí, y se untó luego con un agua que le cuesta catorce pesetas el frasco.
—¡Qué monstruo! —exclamó don Medardo, elevando los brazos al cielo, y con un periódico nerviosamente estrujado en la diestra. Parecía un profeta demente, consumido por los ayunos y las maceraciones.
—Mira, papá; te excitas sin venir á cuento. Alberto será todo lo que se quiera, y ya veis que yo no he sido santa de su devoción, ni él de la mía; pero eso que decís, ¡vamos!, me parece tan extraño, tan imposible...