—Imposible, no —afirmó Hurtado.
—¿Es que tú quieres empeorarlo, Telesforo?
—¡Imposible...! —sollozó don Medardo, sacudiendo la cabeza cogitabundamente— ¿Sabes, hija mía, lo que es una borrachera, un lavabus, como le dicen esos señoritos, que mil veces se lo he oído en el Círculo?
—¿Cómo va á saber ella lo que es una borrachera, Medardo?
—Bueno, de oídas he querido decir, mujer. Pues sí, hija mía; cuando toman uno de esos terribles lavabus, se convierten en energúmenos. Una noche rompieron todos los espejos del Círculo, y cuidado que había algunas lunas de cuerpo presente —se refería á los espejos de cuerpo entero— que valían un dineral; luego arrojaron á la calle todos los muebles del salón amarillo, hasta los tudescos —chubesquis— ardiendo y todo como estaban, que no se produjo una confragación por milagro divino; luego, se desnudaron...
—Estarían preciosos —comentó Leonor, procurando tomar el lance á risa, y, desde luego, provocando una mirada colérica de su novio. Doña Dolores, que lo observó, acudió al pronto:
—¡Qué cosas dices, Leonor! Y tú, Medardo, estás tan nervioso que no reparas. Cambiemos de conversación, que se acerca Fina.
—Por si acaso —susurró don Medardo, en voz tenebrosa é insinuante, inclinándose sobre su mujer—, conviene que le digas á la niña durante el almuerzo que se le quite eso de la cabeza.
—Mira, díselo tú, que eres el jefe.
Josefina se acercó al grupo; se sentó en una silla baja.