—¿Has puesto ya las flores en la mesa? —preguntó Leonor.

Josefina afirmó con la cabeza.

Telesforo, sirviéndose de hábiles anfibologías, sugirió la idea de que era ya hora de comer, de lo cual todos se habían olvidado. Se encaminaron al comedor con aire lúgubre, como si por primera vez fueran á iniciarse en ritos de antropofagia.

El almuerzo se deslizaba en un ambiente de sopor funerario. Cuantas veces intentó Hurtado abocar un tema de palique fácil, vió fracasada su empresa. El escaso apetito de la familia Tramontana le cohibía de embaular tanta vitualla como su estómago solicitaba. Don Medardo había rechazado la tortilla con evidente despego; los demás apenas si la tocaron, de manera que llegó al turno de Telesforo casi en su íntegra y doncellil rotundidad. Hurtado la contemplaba con amorosa codicia, ansiando poseerla; pero, acometido del pudor deglutivo, hubo de conformarse con un segmento.

La tía Anastasia, que estaba en el secreto de todo, y á causa de su ingenua imaginación suponía ya á Alberto aherrojado en mefítica mazmorra, experimentaba en aquellos momentos agonías mortales, y se veía y se deseaba para no romper en un lamento desgarrador. Tenía el corazón como una alcaparra.

Josefina miraba á ratos en torno suyo serenamente. Veía aquel espectáculo extraño, pero no sentía curiosidad por conocer sus causas.

Un pato, con nabos, que apareció en el centro de la mesa, parece que transmitió á la voluntad de don Medardo cierta dosis de energía.

—Las situaciones difíciles hay que resolverlas pronto —habló. Su acento oscilaba y por momentos se hendía, ronco. Miraba al pato y á los nabos con la tenacidad de la desesperación.

Doña Dolores y Hurtado pusiéronse á contemplar tozudamente el mantel. La tía Anastasia se mordía los labios por dominar el sollozo. Leonor seguía los gestos de su padre. Josefina aguardaba los acontecimientos, sin sospechar que ella era la víctima.

—Josefina, hija mía.