—¿Cómo?

—Más entusiasmado, más así... No sé cómo explicarme. Desengáñese usted; á nuestra edad, lo único es el amor, y su solución más racional, el matrimonio. ¿Qué piensa usted?

—No sé qué pensar. Ayúdeme usted á discurrir. Primero, yo ó usted, ó X, nos enamoramos de una mujer, de esa variedad de particularidades corporales (cara, cuerpo, aire, expresión, acento, etcétera, etc.), que hace que esta mujer se diferencie de todas las otras. Si la amamos intensamente, las demás mujeres nos son indiferentes ú odiosas. ¿No es así?

—Sí, sí, desde luego. Sin embargo, hay algunas muy divertidas, vamos, para pasar el rato.

—Perdón, hablo del Amor, con mayúscula. Como usted decía antes, el único amor... Me refiero á ese sentimiento exclusivo que nos hace concentrar toda nuestra vida afectiva en una mujer determinada, y sin el cual no puede haber matrimonio lícito, honrado. Pues bien: figúrese usted que mañana, al volver usted á casa de don Medardo, sale á recibirle una mujer consumida, lacia, canosa, de flácido seno y boca desdentada, y que le tiende los brazos amorosamente, exclamando: «Telesforo de mi vida, ven con tu Leonor». Y que fuese en efecto Leonor, así transfigurada en el curso de la noche, por cualesquiera circunstancias, por arte de encantamiento si usted quiere. Espiritualmente, continúa siendo la Leonor de hoy. ¿La amaría usted como hoy la ama?

—Eso es caprichoso, imposible. Sé que no puede ocurrir; por lo tanto, no sé lo que haría en ese caso.

—¿Que no puede ocurrir? Si ha de ocurrir fatalmente, hombre de Dios. Sólo que la obra de unos años, muy pocos, no vaya usted á creer, yo la condenso en una noche. Prescindo, pues, de toda suerte de consideraciones morales; por ejemplo, la decepción que sigue al deseo conseguido, las innumerables miserias, corrosivas del amor, resultado necesario de la íntima convivencia. Nada de esto existe para mí en este momento. Anoto sólo el hecho físico de que la mujer á quien usted ama deja de ser esa misma mujer, se trueca en una criatura enteramente distinta y nada amable; lo mismo me da que engorde ó que enflaquezca.

—Parece usted referirse á un amor material...

—¿Al incentivo carnal?

—Eso es; pero el amor es algo desligado de ese materialismo; es un sentimiento puro.