Josefina salió corriendo. Alberto la siguió, gritando:

—Deja, Josefina, no te molestes. Yo iré.

Se encontraron en la glorieta; estaban solos.

Alberto cogió entrambas manos de Fina, las atrajo hacia su pecho y luego las llevó á los labios. Entre la fragancia de los jazmines resplandecían con luz propia los ojos de Fina. Alberto deslizó las manos por los brazos de su novia hasta asirla de los codos; la aproximó hacia sí lenta y ahincadamente. Se aproximaron los cuerpos, transmitiéndose enervante tibieza; la respiración se confundía. Por mutuo y tácito acuerdo, se besaron; fué un beso mudo, lento, suave. Alberto, además de la sensación espiritual de transporte y abandono, gozaba el deleite físico de los labios de Fina, duros, tersos, fríos, húmedos y castos.

—¿Tampoco estaba allí? —preguntó Leonor, viéndolos venir sin el sombrero.

—No se ve nada. Deme usted la caja de cerillas, Hurtado.

El sombrero estaba en la glorieta.

Salieron juntos Hurtado y Alberto á tomar el tranvía de vapor para Villaclara. Desde el camino despidieron á Leonor y Fina, cuyas sombras se recortaban por oscuro sobre el cuadro amarillo de una ventana.

Permanecieron en pie en la plataforma trasera del tranvía, el cual comenzó á resbalar bordeando la ría, quieta y fúlgida. Los barcos veleros parecían aprisionar las estrellas entre la red de ensueño de sus arboladuras.

—Le he visto á usted hoy como nunca, Alberto.