Quería oir á un gañán misterioso de la vecindad que todas las noches, sobre aquellas horas, tañía en la flauta dulces aires de la tierra. No tardó en sonar la flauta. Todos escuchaban gratamente entristecidos.

—Si apagásemos la luz; hay luna —observó Alberto.

Josefina apagó la luz. Por la abierta ventana se metía la melodía de la flauta, olor de flores y un arrullo de tórtolas. La luz de la luna infundía verdosa y vibrátil fosforescencia á los ámbitos del invernáculo.

—¡Oh, qué poético! —murmuró Hurtado. Después, en voz baja, á Leonor:— He de componer una poesía sobre estos momentos deliciosos.

Enmudeció la flauta. Don Medardo se levantó:

—Es ya tarde para mí, y me retiro. Me permito aconsejar á usted, Alberto, que se acueste temprano, y se levante mañana temprano, y se vaya corriendo á Pilares. Que nos quedemos tranquilos de una vez.

—Es verdad: ya no me acordaba.

—Entonces nos despediremos todos ahora —habló doña Dolores.

Alberto no encontraba su sombrero. Buscaron vanamente en diferentes habitaciones.

—Como no esté en la glorieta de jazmines... Al volver de la playa pasamos por allí. Quizás lo haya dejado, distraído.