—Abre los ojos, cieguecito, para mirar á las estrellas.

Cuando Alberto volvió el rostro al firmamento, sus ojos estaban mojados.

—¿Ves? Aquella es la estrella que más me gusta.

Alberto se orientó en la noche, por saber qué estrella fuese la predilecta de Fina.

—Es Sirio.

—Es azul. Y siempre está estremecida.

De vuelta en casa, don Medardo declaró que el paseo le había sentado de perilla. Todos parecían contentos. Alberto y Hurtado fueron invitados á comer. Telesforo agasajaba por todos los medios á su novia y deglutía con cauta voracidad. Leonor le correspondía prodigándole mimosos melindres. En las mejillas de Fina flameaba un rubor tenue, virginal. Alberto la contemplaba á ratos con adoración muda, dilatada. Don Medardo y doña Dolores se hacían á hurtadillas guiños de inteligencia, revelando que presentían el futuro bajo los mejores auspicios. De sobremesa, salieron al invernadero á tomar el café.

—Abrid una ventana —rogó don Medardo.

—No seas chiquillo Medardo, que hay humedad, y luego por la noche será ella.

—La noche está muy templada, Dolores, y ya os he dicho que el paseillo me ha sentado de perilla.