—No digas eso. Sin ti ¿para qué quiero vivir? Mira, si no me hubieras querido, te juro que me hubiera hecho monja. Lo pensé muchas veces: tita Anastasia lo sabe. Ahora ya, desde que te quiero, todo es diferente. Quererte: esto es todo. ¿Por qué me vas á hacer desgraciada?

—¿Qué sé yo? Porque yo lo soy, porque estoy desolado siempre, y no me atrevo á confiarte mis ideas por miedo á contagiarte de ellas. Al lado tuyo me olvido de todo, de todo; pero, en cuanto me aparto, soy una cosa sin voluntad, á merced de fuerzas desconocidas.

El cielo era de púrpura. Erraban por el mar temblores amoratados y violeta. Sobre el rostro de los dos amantes se proyectaba la lumbre sideral.

En Alberto, la forma peculiar de sentirse era el lirismo. Su temperamento engrandecía desmesuradamente el presente y le inclinaba á derramarse en frases torrenciales, á infundir sus emociones en imágenes pintorescas. Pero, como al mismo tiempo le inspiraban recio desvío la palabrería y retórica ajenas, se esforzaba en poner de continuo por delante del flujo vehemente de su corazón un dique de palabras austeras, áridas. Cuando hablaba con amigos sobre tópicos livianos, construía adrede laboriosos párrafos de grandilocuencia irónica. Pero cuando el sentimentalismo hacía presa en el tuétano de su espíritu, procuraba hablar con la simplicidad de un labriego, que su estilo fuese desnudo como la mano, y apenas si se traslucía en sus ojos el desorden interior. Por eso, al hacer á Josefina promesas de amor empleaba el tono concienzudo, frío, y un poco dubitativo quizá, de un campesino que pronostica las cosechas del año. Sin embargo, en ocasiones no podía mantener el continente impasible, y entonces, los músculos de su rostro, poco adiestrados en la gesticulación, perseguían la contracción expresiva, hacía tentativas de elocuencia mímica, las cuales unas veces eran cómicas y otras simpáticas, dolientes.

—Yo estoy segura de mí misma, Alberto.

Alberto se incorporó hasta ponerse de rodillas, con las manos apoyadas en los muslos, y en esta guisa se absorbió, sumiéndose sediento en los ojos de su novia, la cual le devolvía la mirada íntegramente. Como en dos espejos enfrentados, la reciprocidad de las miradas se perdía en horizontes infinitos de éxtasis.

—¡Fina, Alberto, que ya es tarde! —gritó doña Dolores.

Tomaron la vuelta de la casa. Anochecía. Cantaban las mozas en la fuente. Los ganados volvían al establo al toque de queda de las esquilas.

Leonor y Hurtado hablaban sin tasa, tejiendo proyectos conyugales. Fina y Alberto, en la avanzada, vivían el deleite sumo de sentirse muy próximos, casi fundidos, sin verse ni hablarse. Habiendo doblado el recodo de una calleja que les ocultaba á la vista de los que les seguían, Alberto tomó á Josefina de la mano; su pecho desfallecía. Cerró los ojos.

—Llévame así, Ariadna, por el laberinto de la vida. Soy ciego, guíame.