—Vas á decirme la verdad.

—Siempre te he dicho la verdad, Alberto.

—Cuando te dijeron de mí esa tontería imposible, ¿qué pensaste?

Josefina habló después de unos minutos de recogimiento.

—Á mí me lo dijo tita Anastasia. Como es tan buena, todas las desgracias crecen dentro de su imaginación. Me dijo que estabas en la cárcel. Yo tuve muchos deseos de llorar, pero no me atreví. Pensaba que estarías solo, y eso de no poder estar á tu lado me hacía mucho daño.

—¿Pudiste creer semejante cosa de mí?

—No me paré á pensarlo. Yo no sé nada del mundo. Cuando oigo hablar de las cosas malas que hacen algunas personas, no creo que sean cosas malas. Si lo hacen, por algo será que puede más que ellos. ¿Puedes tú explicarte que haga nadie el mal por gusto? Me decían eso de ti como cosa cierta. Yo no iba á averiguar por qué lo habías hecho. Sólo pensaba que acaso estarías sufriendo. Porque, ya te digo, no sé nada de las cosas del mundo. Una sé, y es cosa mía; lo único —púdicamente inclinó la cabeza—. Dirás, ¡qué charlatana se ha vuelto Josefina!

Alberto no respondió. Miraba tenazmente á su novia. Su entrecejo se plegaba con esa cerrazón patética de la carátula trágica; algo á manera de requerimiento angustioso al llanto que no acude. Su pecho iba colmándose de un aflujo de sensaciones dulciamaras, de gozo y de tristeza.

—No me mires así, Alberto.

—¡Ay, Josefina, Josefina! ¿Por qué te habré conocido? Temo no merecerte; temo hacerte desgraciada.