Josefina y Alberto se acercaron á la orilla del agua. La marea crecía. Con actividad infatigable venían las olas tumultuosamente; se levantaban de pronto sobre el nivel del mar, se henchían, se enlomaban, avanzaban, y cuando era más gentil su orgullo se derrumbaban, convirtiéndose en tersura inerte que la arena absorbía.

—Cada trece olas viene una más grande, que avanza más. Vamos á contarlas —propuso Josefina.

Empezaron á contar. En ocasiones hubieron de retroceder ante el postrer avance furtivo de una ola, deshecha ya.

—Parece que no es una ley científica, Fina. Esta ola trece ha carecido de acometividad.

—Sin duda es que nos hemos equivocado.

Se aplicaron á experimentar nuevamente.

—Pues ahora ha salido cierto.

—¿Lo ves, bobo?

—Sentémonos, si te parece.

Se retiraron hasta la zona de arena seca. Josefina se sentó. Alberto se tendió boca abajo; los codos en la playa y la barba en las manos, mirando á Josefina.