Al cabo de un tiempo:

—¿Me perdonas, Fina?

—¿De qué?

—De que á veces no me porto bien contigo. Te escribo poco; no sabes de mí...

—Calla, no digas eso.

—Pero te quiero, te quiero... ¡Si supieras! —Y se sentía arrebatado de una emoción avasalladora. Josefina volvía los ojos á mirarlo y sonreía:

—¡Qué loco eres!

De unas matas de madreselva, Josefina arrancó un gajo, que ofreció á Alberto, á cambio de otro, mustio, que pendía en el ojal de su chaqueta.

—Toma; ponte este que está fresco y dame ese. ¿Ves? Este ya no huele —lo guardó dentro del cinturón.

El matrimonio buscó sitio donde sentarse en el lindero de los pinares. Desde allí podían ver á las dos parejas de novios paseándose en la playa.