—Ó en donde sea, Telesforo, que á mí me da lo mismo. ¿Es que me he equivocado?
—Claro que sí, hombre. Se dice en Varsovia— rectificó la tía Anastasia orondamente.
—Pues digo que ahora es buena ocasión para que demos aquel paseíto á los pinares y á la playa. ¿Qué hay de eso?
Don Medardo se hacía el remolón. Entre ruegos y mimos se dejó convencer. Salieron todos, menos la vieja Anastasia, que se quedó en casa haciendo mantequilla. Delante iban Josefina y Alberto, detrás Leonor con Hurtado; á la zaga don Medardo apoyándose en su consorte.
Alberto y Josefina hablaban de raro en raro.
—¡Qué feliz soy! —bisbiseaba Alberto.
Josefina volvía los ojos á mirarlo, y veía que era verdad. Añadía:
—¿Y tú, Fina?
—¿Á qué me lo preguntas?...
—Cierto, Fina.