—Y yo, Leonor —añadió Telesforo.
—Diciéndolo yo doy por hecho que lo dices tú.
—Buen disgusto nos ha dado usted; es decir, usted no. Bueno, buen disgusto nos hemos tomado —suspiró doña Dolores.
Tita Anastasia guardaba silencio y lagrimecía.
—Y tú ¿qué dices? —Alberto oprimió la mano de su novia— ¿Creías que te ibas á casar con Ravachol?
Josefina no decía nada; contentábase con humillar los ojos y devolver tímidamente á Alberto su apretón de manos.
—¡Qué sosa eres, hija! —habló doña Dolores.
Y don Medardo:
—Déjala, que también ella habrá pasado lo suyo hoy. Pero, en fin, ya la paz reina en Cracovia.
—Y ahora —propuso Telesforo— que la paz reina en Cracovia, como dice don Medardo...