—Quien dijo desde un principio que no podía ser fué Leonor; la verdad es la verdad. Miren si es lista.

—¿Y Josefina?

—Mire usted, Alberto; esa no dijo nada. Ya conoce usted su costumbre. Y ahora, por las glorias se nos van las memorias. ¿Ha leído usted los periódicos de estos días? ¿No? Pues, según parece, el juez se presentó en casa de usted. Hay indicios que le perjudican mucho. Lo que debe usted hacer, se lo suplico yo, es ir mañana á primera hora á Pilares, presentarse al juez, y desvanecer todos los errores. De este modo probará usted su inocencia. ¿Irá usted?

—Claro que iré.

Don Medardo comenzó á gritar:

—¡Lola, Leonor, Fina, Anastasia! ¡Bajen ustedes! Deprisita, deprisa.

Acudieron acuciosas doña Dolores, Leonor y la vieja Anastasia. Josefina apareció un poco después, con su andar deslizado y dulce de siempre.

Don Medardo se enjugaba los ojos y repetía:

—Si ya decía yo que no podía ser; si ya decía yo que no podía ser...

—Quien lo dijo desde un principio fuí yo; que te conste —dijo Leonor.