—Sí, que yo soy un asesino. Perdóneme si antes no he caído en la cuenta. Como guasa de un minuto podía pasar; me refiero al que lanzó el rumor. Antes de salir de Pilares me lo comunicó un amigo. La suposición era tan insensata, que pensé que á todos haría reir, como á mí me hizo reir. No volví á acordarme de ella. Ahora veo que ha cundido, y no sé cómo asombrarme de que haya gentes tan... inocentes que acojan semejantes mamarrachadas.
—Pero ¿niega usted?
—Le ruego, don Medardo, que no sea contumaz en la tontería.
—¿Eh? Explíquese usted.
—Digo, que ha dicho usted una tontería ofensiva para mí, y al calificarla de tontería procedo muy benévolamente. Y añado, que ya que de ligero ha aceptado y repetido la tontería, es justo que no insista en ella.
Don Medardo se puso en pie é inclinó el torso sobre Alberto, de manera que le escrutaba en los ojos muy de cerca...
—Pero... ¿De veras no es cierto?
—¡Ea, se acabó! —gruñó Alberto, en los últimos límites de la paciencia y á punto de girar sobre los talones, dispuesto á marcharse.
—¡Hijo mío! —sollozó don Medardo, lanzándose á abrazar á Alberto y llorando á moco tendido—. Si ya decía yo que no podía ser, si ya lo decía yo...
—Recordará usted, que yo también sostuve que era inverosímil —observó Telesforo.