—¿Qué es lo que ha ocurrido? —preguntó á don Medardo alargándole la mano, que el viejo rechazó.
—¿Me querrá usted explicar? —insistió Alberto, algo mohíno.
Hurtado, que se mantenía con la cabeza gacha, intentó explicar el caso.
—Verá usted, Guzmán. Es que aquí...
—Es que —habló don Medardo, asumiendo la soberanía de su hogar— no me explico cómo se atreve usted á venir á esta honesta mansión... —en vano intentó construir un párrafo patético, recriminatorio y de amplia estructura. Se atrancó.
Alberto se devanaba los sesos sin acertar con la causa del enojo, gravísimo al parecer, de don Medardo. «Como no sea —pensaba— por el abandono en que tengo á la pobre Josefina.»
—Entendámonos, don Medardo. Yo tampoco me explico este recibimiento. Reconozco mis culpas; es un crimen si usted quiere, moralmente. Pero, puesto que me ve usted aquí, es señal de que estoy arrepentido.
—¡Ah! —gritó don Medardo— ¿Qué dice usted ahora, Telesforo? —y sin dejar responder á Telesforo se encaró con Alberto— ¿Y aún pretende usted deshonrarnos, presentándose aquí, como quien dice con las manos frescas de sangre húmeda, digo, con las manos húmedas de sangre fresca?
Alberto rompió á reir descaradamente.
—¿De qué se ríe usted? ¿De mi equivocación? No todos podemos ser sabios. En este caso, lo principal es...