Promediada la tarde, los sesteantes descendieron de nuevo al jardín. Telesforo había vuelto de Villaclara. Doña Dolores y Hurtado procuraban convencer al jefe de la casa de lo higiénico y salutífero que sería emprender una caminata hasta la playa de Salsero y los pinares que la aprisionan. Don Medardo rechazaba todo proyecto ambulatorio:

—No perdáis el tiempo. Mis piernas no están hoy para nada. Y señalaba algo que pudiera presumirse armadura de alambre dentro de unas perneras arrugadas y flotantes.

De repente se oyó un grito múltiple.

Alberto abría el portón, de recios barrotes pintados de rojo, y penetraba, muy serio, jardín adelante.


XII

Como de costumbre, Alberto dejó el caballo en la venta del Pino, dos kilómetros antes de Villaclara. Desde allí siguió á pie, tomando atajos y callejas. Atravesó un bosque de robles, entre sombra húmeda en donde silbaban los mirlos. Desde la linde del bosque, bajaban los prados por las laderas. En los setos de zarzamoras los gorriones parloteaban bulliciosamente, antes de retirarse á dormir.

Alberto descendió por un sendero de tierra amarilla, abierto á través de los prados. En el fondo de la hondonada corría un riachuelo, de pedregoso lecho y aguas ambarinas, en cuyo seno se desparramaba la luz rosa de la tarde. El tronco carcomido de un castaño hacía de puente. Del otro lado arrancaba un otero, poblado de manzanos enfrutecidos. Alberto subió hasta la cumbre; á sus pies se veía el tejado rojipardo de la casa de Josefina, y el cono oro-viejo del henil, y la caperuza bermellón del palomar, y la mancha negra y fluctuante de los álamos viejos. Las sienes del mozo latían. Se detuvo indeciso. De pronto echó á correr, cuesta abajo. Junto á una paredilla ruinosa descansó; luego, por un boquete que en ella se hacía, pasó del otro lado, y bordeando la casa y la huerta se encaminó á la entrada principal. Por encima del muro se veía el jardín; las colmenas, alineadas sobre el palomar; narcisos y margaritas, rosas y claveles, encubriendo el arroyo, que salía fuera de la casa y pasaba por delante del lugar en donde Alberto se encontraba. Unas piedras, á flor de agua, servían de pasadera. Oíase el rumor de una conversación entre el follaje y de vez en vez se veía una mancha movible y clara.

Alberto se acercó al portón, de recios barrotes pintados de rojo, levantó el pestillo y penetró en el jardín. Un grito extraño, proferido por varias bocas á la vez, acogió su entrada. Vió en el fondo de la avenida principal á don Medardo, sentado en un sillón de paja verde, y cerca de él á doña Dolores, Leonor y Hurtado. Don Medardo agitaba los brazos y murmuraba algo ininteligible. Doña Dolores y Leonor se retiraron. Luego se oyó la voz de la señora: «¡Josefina, Josefina!; sube inmediatamente á casa.»

Alberto apresuró el paso.