Se me dirá: «Es probable que don Benito Pérez Galdós no haya pensado nada de eso al escribir Sor Simona.» No digo que no. Es seguro que el Espíritu Santo, al inspirar la Biblia, no pensó en los comentarios que se le habían de poner. Ahí está el mérito del Espíritu Santo (dicho sea con todos los respetos, a pesar de lo vernacular de la frase) y el mérito de la Biblia.
Es seguro que Beethoven, al componer sus sonatas y sinfonías, no pensó en lo que había de hacer sentir y pensar. Ahí está la diferencia entre la Novena y el chotis del Pompón. Después de haber oído este chotis, ¿qué vamos a decir, como no sea un «m’alegro de verte güeno?» Después de haber oído la Novena, ¡qué tumulto de ideas, qué plenitud de sustancia poemática, qué don de clarividencia no sentimos dentro de nosotros!...
Un crítico joven y de cierto talento natural advertía que Sacris era un personaje de contornos borrosos. ¿Qué borrosidad es ésta? La pintura italiana, antes de Giotto, era pintura a la manera bizantina, de contornos acusados, lineales, y figuras rígidas, hieráticas. Giotto trajo a la pintura la tercera dimensión, la corporeidad; pero con él existía aún la línea, una aprensión de línea, delimitando el cuerpo. Leonardo suprimió esta línea, e hizo el contorno esfumado, borroso; creó la atmósfera, el medio ambiente, complementando así el valor de la figura. Estas tres etapas del arte de la pintura podríamos denominarlas: arte primitivo, de idealismo ingenuo; arte realista; arte idealista, trascendiendo del realismo. Esta última manera de arte es la depuración suprema de la pintura. La correspondencia con el arte literario es obligada y justa. Este diluirse de la figura en el ambiente e infiltrarse del ambiente en la figura, al modo de osmosis y endosmosis entre el espíritu y el medio, es nota característica del arte literario moderno más original e intenso, la literatura rusa. También es carácter dominante de la literatura galdosiana en toda la segunda época o manera, ignoro si por influencia de la literatura rusa o por determinismo de la sensibilidad contemporánea. Las almas trágicas son aquellas que, con particular angustia y dolor, sienten este fenómeno de cómo el espíritu se les diluye en el medio y cómo otras veces el medio se les adentra tiránicamente en el espíritu. He aquí otra observación digna de tenerse en cuenta. En don Benito Pérez Galdós, como en Shakespeare, se ve claramente que el autor ha concebido la obra dramática como un todo, en el cual se coordinan en cada momento la acción con el lugar en donde se desarrolla, el carácter con el pergenio físico del personaje, el diálogo con la actitud y la composición, la frase con el ademán, la voz con el gesto, en suma, el elemento espiritual con el elemento plástico. Sin esta condición no hay grande obra dramática.
Una obra en la cual es indiferente que los
personajes se vistan así o asá, y se coloquen
aquí o acullá, jamás podrá
subir del nivel de lo mediocre.
Pero esta opinión, un
tanto radical, exigiría
largas explicaciones.
EL LIBERALISMO Y LA LOCA DE LA CASA
Conferencia leída en la Sociedad «El Sitio», de Bilbao, el 2 de mayo de 1916, en sesión solemne de homenaje a don Benito Pérez Galdós.
ADA MÁS A propósito, nada más pertinente y justo pudo habérsele ocurrido a la Sociedad «El Sitio» que celebrar con un festejo en honor de don Benito Pérez Galdós, el más grande español de nuestros días, esta fecha del 2 de mayo, precisamente el año corriente de 1916, en que se cumple el tercer centenario de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, el más grande español de su tiempo. Yo no sé si en la intención de quienes concertaron el agasajo estuvo asociar y juntar ante la vista de la imaginación, borrando la distancia del tiempo, aquellos dos nombres gloriosos. Las similitudes y correspondencias entre Cervantes y Galdós son tantas y tan manifiestas que casi huelga señalarlas. Cervantes creó el género novelesco, este modo literario característico de la Edad Moderna; Galdós lo ha llevado al término más cumplido de perfección y madurez. Enfrentándose con la moda de la hipérbole, el gárrulo discreteo y la intriga inextricable que a la sazón dominaban la escena española, Cervantes predicó una manera de teatro llana, simple y realista. Galdós, elevándose sobre el gusto reinante, mucho más depravado y corrompido que el de tres siglos ha, se adelanta al tablado histriónico a imponer una dramaturgia llana, simple y realista, con la ventaja, a favor de Galdós, de que Cervantes no llegó a ser el primer autor dramático de su época, y Galdós lo es, sin disputa, de la nuestra, y uno de los primeros entre los de cualesquiera época y comarca. En cuanto al lenguaje, ambos escritores rompieron con la afectación de tono, la rigidez y rutina de giros y la fingida nobleza de vocablos que, al punto de comenzar ellos a escribir, la tradición exigía en obras de fingimiento y solaz, y dieron a la circulación un nuevo lenguaje narrativo: dócil, para expresar todo linaje de emociones; ágil, para recorrer por entero la escala de los acentos, desde el más sublime al más familiar; rico, con que significar toda suerte de actos, personas y cosas; transparente, inagotable y gustoso, que al sabio embelesa, y hasta del más lego puede ser entendido y penetrado cabalmente. En cuanto a la vida, si andariega y azacaneada fué la de Cervantes no lo ha sido menos la de Galdós, si bien lo que en el uno fué a veces dura necesidad, en el otro no es sino inclinación. Y si curioso fué Cervantes y amigo del trato con gentes de toda condición, Galdós no lo es menos. Más que uno de tantos frutos de la historia de España en el siglo XVI, la obra cervantina es propiamente la España toda de aquella edad, como la obra galdosiana es toda la España del siglo XIX. Una y otra amasadas con un fermento espiritual imperecedero. Decía Tomás Carlyle que, si le preguntasen qué valía más para Inglaterra, si tener la India o haber tenido a Shakespeare, él respondería determinadamente que Shakespeare, porque la India podían perderla los ingleses, y, al fin y al cabo, la perderían; pero Shakespeare no puede perderse. Perdióse ya para nosotros el imperio colonial del siglo XVI, y, sin embargo, el siglo XVI español permanece y es eterno, gracias a Cervantes. Yo no vacilo en afirmar que la obra de Galdós, como la de Cervantes, vale más que nuestra misma soberanía, la cual puede que lleguemos a perder, y no sería maravilla, si no procuramos enmendar el desbarato y desidia que, poco a poco, la van socavando y envileciendo; pero, aun cuando así acaeciese, esta España en que ahora vivimos será inmortal gracias a Galdós. Están, pues, Cervantes y Galdós como dos altas montañas, fronteras y mellizas, separadas por un hueco de tres siglos. De una a otra, la tierra se abaja y desarrolla con diversidad de accidentes panorámicos. Hay vallecicos, hay venas de agua caudalosa, hay cerretes, lomas y collados. Hay también montes, muy empinados y majestuosos; pero ninguno, a lo que presumo, alcanza la altura de aquellas dos montañas, mellizas y señeras. Se me dirá que acaso sea un error de perspectiva mío. A lo cual respondo que, para hacer esta afirmación, no he usado solamente de mis sentidos, sino de mi entendimiento, y que están más sujetos a engañarse los que calculan por bajo la eminencia de esta cumbre, porque, hallándose tan en su vecindad y raíz, no alcanzan con los ojos hasta donde se remonta la cima, imaginando que lo es algún resalto cercano. El medir toda su grandeza y dignidad les está reservado a quienes la contemplen en la distancia de lo porvenir.