No he de invitaros a una expedición todo en torno y hasta lo más encumbrado de la insigne montaña. La falta de tiempo no lo consiente. De otra parte, declaro no servir para guía, y es seguro que, si a tanto me comprometiera, habíamos de extraviarnos, no pocas veces, y descubrir cómo, sin acertar a explicárnoslo, a lo mejor volvíamos, fatalmente, a un mismo paraje, cuando más alejados creíamos estar de él.

Para estudiar la obra completa de don Benito Pérez Galdós en breve espacio sería menester apelar a conceptos genéricos, imprecisos y vanos, los cuales repugnan tanto a don Benito Pérez Galdós como a mí. He preferido hacer unos cuantos comentarios concretos sobre un solo concepto y una sola obra galdosiana, y he elegido La loca de la casa.

Dos motivos me han llevado a esta elección. Uno circunstancial, y es que mañana la veréis representar en escena. El otro motivo es más profundo. Se refiere a una razón de concordancia íntima entre las ideas que he de exponer y el entorno o ambiente adonde he venido a exponerlas. ¿Por qué he escogido La loca de la casa? Dice Goethe de los caracteres shakespereanos que «son a la manera de relojes que tuvieran la esfera de transparente cristal. Os señalan la hora, lo mismo que los demás relojes; pero, al propio tiempo, el mecanismo interior está también a la vista». Esta comparación puede aplicarse, con no menor exactitud, a los caracteres de la dramaturgia galdosiana. ¿Y qué hemos visto a través de la transparente esfera, dentro de los caracteres de La loca de la casa? Hemos visto, o, cuando menos, hemos creído ver, cómo funcionan ciertos escondidos resortes de eso que se llama espíritu liberal. Por eso, desentendiéndome de otras cuestiones estéticas, he escogido como tema «El liberalismo y La loca de la casa», para venir a desarrollarlo en esta villa, tan rica y liberal; no sé si rica por ser liberal, o liberal por ser rica. Y ya en la mera fórmula de este dilema está contenida la sustancia del espíritu liberal. Espíritu liberal es la fuerte aspiración hacia una colmada plenitud. ¿Y qué es esto sino riqueza, de cualquier orden que sea; que no es la abundancia económica la sola riqueza? Y ¿cómo lograremos ese estado de dominio copioso sin la perseverancia del esfuerzo, o sea trabajo? Mas el trabajo, ¿cómo ha de ofrecer su máximo rendimiento ni granjear la totalidad del fruto, si se lo estorban, si él no goza de libertad? Y si, por ventura, esfuerzo y libertad acarrean el premio merecido; si el trabajo ve rellena su troje, ¿cómo no ha de sentirse en alguna manera dadivoso del fruto, esto es, liberal? Veis, pues, que este epíteto de «liberal» tan hermanado va con la riqueza, que, por ser rico, hasta es rico en acepciones. Salud, fuerza, voluntad, tolerancia, orden, progreso, prosperidad, generosidad; todos estos y otros muchos conceptos se hallan implícitos dentro del concepto de lo «liberal».

Al tomar La loca de la casa como instrumento para una ligera exégesis del liberalismo, no hemos querido dar a entender que el resto de las obras galdosianas no estén de la propia suerte fraguadas en el seno del espíritu liberal. Lo que ocurre es que esta comedia nos abre un camino particularmente breve y derecho para llegar al cabo de nuestra intención.

En rigor, y tomando el espíritu liberal en su más extensa acepción, novela y drama son las dos maneras que tiene de manifestarse dentro del arte literario. No hay dechado, ni obra excelente, ni siquiera artística, en estos dos géneros, si no está inspirada por el espíritu liberal y en él embebida. Se achacará esta opinión mía a estrechez de miras, a sectarismo. Nada más lejos de la verdad. Procuraré explicarme.

Novela y drama son las dos únicas formas de arte que se corresponden con la vida, tomada ésta en toda su integridad. Esto es evidente, y no exige ser demostrado. En la pintura, se contiene la vida tal como se ve con los ojos; en la escultura, tal como se palpa con las manos; en la música, tal como se oye con los oídos; en la lírica, tal como se siente con el corazón. En todas estas artes, la vida está como mutilada. Pero en la novela y el drama, la vida y su marco el universo se contienen tales como son, por entero y en su armonía suprema. Y así, si hay algún arte que deba llevar el nombre de creación será la novela o el drama, porque uno y otro son como epítome y trasunto compendiado de la gran creación divina. Pero esta creación divina, ¿cómo es? Adviértase que pregunto «cómo es», y no «cómo nos gustaría y nos convendría que fuese». Si un cordero se tropieza con un lobo, sin duda que al cordero le gustaría no haberse tropezado con el lobo, y le convendría que no hubiera lobos en el mundo. Pero, de su parte, al lobo le gusta y le conviene que haya corderos, y darse de manos a boca con ellos. He aquí un conflicto dramático rudimentario. En este pequeño drama, que es, ni más ni menos que todo el drama de la historia, todo el drama de la vida y todo el drama del arte, nos es muy fácil descubrir en qué consiste el espíritu liberal. Si adoptamos un criterio de mansedumbre y adscribimos nuestra simpatía sentimental hacia el cordero, fallaremos que en este conflicto el lobo es un mal bicho y que no tiene razón ninguna de existir. Si, por el contrario, nos ponemos del lado del lobo, celebraremos que se engulla el cordero y diremos que el cordero no tiene derecho a vivir, sino que ha nacido para que se lo coma un lobo o un hombre. Nos encontramos, pues, enfrente de dos morales: la moral de los débiles y la moral de los fuertes. Bien está que en la conducta adoptemos una u otra de estas morales, según se tercie y nos convenga. Pero, en este momento, no tratamos de inquirir normas de conducta y conveniencia, sino el cómo es realmente la vida. Para el cordero, la moral lobuna es mala. Y, viceversa, para el lobo, es mala la moral corderil. Pero, si bien se mira, no son malos ni el lobo ni el cordero en este caso. Porque, ¿pueden ellos sacudir la fatalidad a que han nacido sujetos? ¿Está en su albedrío mudar de naturaleza? Tan no son malos ni el uno ni el otro, que, después de pensarlo bien, decidiremos que el mejor lobo es el más carnicero y el mejor cordero el más manso. Esto es, que los mejores—lo mismo seres que cosas—son aquellos que más lejos llevan su propia fatalidad, aquellos que más desarrollan su propia naturaleza. El mejor veneno es aquel que sobrepuja y repele toda suerte de contravenenos. El mejor contraveneno es aquel que destruye toda ponzoña. Cuando se menciona a los dos ladrones crucificados a diestra y siniestra de nuestro Redentor, se incurre, ordinariamente, en anfibología de concepto y defecto de dicción. Dimas, el que se conoce por el «buen ladrón», es precisamente el mal ladrón; por eso fue santo. Malo en cuanto ladrón, por haberse arrepentido; tan mal ladrón como mal cuchillo el que se mella, aun cuando sirva para espátula. Lo que se quiere significar es que aquel mal ladrón era un buen hombre. Pero la denominación es tan defectuosa y arbitraria como si de un remendón chabacano, por lo demás intachable en su vida privada y familiar, dijéramos «el buen zapatero».

Procuremos ahora extraer algún corolario de todos los ejemplos anteriores. Observamos que, en la creación, cada ser y cada cosa, tomados individualmente, obedece a una fatalidad que le ha sido impuesta; cada ser y cada cosa no es sino la manera aparente de obrar de un principio elemental, cuya última raíz se alimenta de la sustancia misteriosa del Creador. Pues esta conciencia de los elementales, es el espíritu liberal. El lobo es antipático a la oveja, y la oveja es antipática al lobo. Pero con perspectiva dilatada, más arriba aún de la estrella Sirio, desde el sitial de la voluntad divina que los creó a ambos, desde el manantial de origen, oveja y lobo son amables en la misma medida. Pues esta simpatía cordial con cuanto existe, es espíritu liberal. Tanto derecho tiene la oveja a no dejarse devorar, como el lobo a devorarla. Por eso dijo un filósofo, con gran penetración, que «el drama de la vida y de la historia no está planteado entre lo justo y lo injusto, sino entre dos maneras contradictorias de justicia». Pues esta creencia en la justicia que a cada cual asiste de ser como es, y el respeto a todas las maneras de ser, esto es espíritu liberal. Todo es bueno en cuanto obedece a su naturaleza y cumple el fin a que está destinado. Lo mejor es lo más eficaz, dentro de su acción, oficio o menester. Pues este buen deseo de que la infinita diversidad de actividades logren el máximo desarrollo y eficacia, es espíritu liberal. Así es la creación, así es el mundo, así es la vida, así es una buena novela, así es un buen drama.

Yo ya sé que la vida no es así en ciertas novelas y dramas; por ejemplo, las novelas de don Ricardo León y las comedias de don Jacinto Benavente. Hay autores que le enmiendan la plana al Creador y arreglan a su modo las leyes universales. En un examen superficial, pudiera parecer que si le hubieran encargado a un León o a un Benavente hacer el mundo de la nada (que es como esta clase de escritores hacen sus obras, de la nada), las cosas andarían mejor gobernadas y más en orden de lo que ahora están. No lo creáis. ¡Estaríamos apañados si la divina Providencia se abanderizase definitivamente en el partido de las ovejas o en el de los lobos! Hasta al más insignificante juez pedáneo le pedimos imparcialidad; esto es, que se ponga con la intención en el caso de cada litigante. ¡Qué grado infinito de serenidad por fuerza hemos de imaginar en el autor y juez al propio tiempo de todas las cosas!

Si la novela y el drama son las artes que más tienen de creación, el novelista y dramaturgo serán los que más se asemejen al Creador. Luego para ser propiamente creadores, la levadura de su genio ha de ser un generoso espíritu liberal. Algunos exégetas y hermeneutas de Cervantes han descifrado en sus obras no sé qué sistema sutil de ideas liberales. Si con esto se quiere afirmar que Cervantes era partidario del matrimonio civil, del sufragio universal o de la secularización de cementerios, así, expresamente, la afirmación es harto discutible. Pero que Cervantes era un espíritu liberal, en el sentido que hemos expuesto, ¿qué duda cabe? Repitamos, sin temer la saciedad, que el espíritu liberal consiste en mirar al lobo con ojos de lobo, y a la oveja con alma de oveja; a Monipodio, con criterio de Monipodio, y no con criterio de golilla; en ver en Don Quijote un cofrade de nuestra misma orden de andantesca caballería; en contemplar a Sancho con ojos de Sancho, y a Maritornes como ella se veía en el espejo; en suma: en mirarlos a todos como a nosotros mismos. Probablemente simpatizaréis más con unas que con otras de las figuras o personajes cervantinos; pero es seguro que su padre, en el momento de engendrarlas, simpatizó con todas por igual. Otro tanto diremos de los personajes galdosianos. Habréis oído alguna vez que Pantoja o doña Juana Samaniego son simpáticos, que tienen razón. ¡Naturalmente que son simpáticos y que están cargados de razón, si se pone uno en su caso! Como que en Galdós no hay monstruos, como no los hay en Cervantes, ni los hay en la creación. Porque esto de la monstruosidad es una cosa muy relativa. Figuraos que un dragón de siete cabezas y un chorlito se encuentran por primera vez. El chorlito piensa: «¡Qué monstruo! Tiene siete cabezas.» Y, de su lado, el dragón dice entre sí: «¡Qué monstruo! No tiene más que una cabeza, y esa, diminuta.» Pero el Creador juzga al dragón conforme a la ley de los dragones, y al chorlito, conforme a la ley de los chorlitos; a cada cual según su ley. En esto se asemejan el novelista y el dramaturgo a Dios. El espíritu liberal y la facultad creadora vienen a ser una cosa misma. El Creador imprime en el tuétano o más encerrada sustancia de cada criatura un anhelo simple, un elemental, una ley o arquetipo. Según se acerque más o menos a la plenitud de su arquetipo, afirmando su propia ley íntima, cada criatura es más o menos buena, sobreentendiéndose que siempre es buena en alguna proporción. Bondad vale tanto como derecho que cada cual tiene a existir tal como es. El espíritu liberal o facultad creadora procura como fin excelso y único de la vida la plena expansión de la personalidad, de cada personalidad. Y veréis cómo aspirando cada ser y cosa a esta plena expansión de la personalidad, y cómo siendo innumerables y contrarias las unas a las otras, cuanto más se acusen las diversas personalidades y con más claridad se defina la oposición, con tanta mayor naturalidad sobrevendrá la solución o el equilibrio de tendencias y leyes entre sí adversas, de donde se concierta la gran armonía universal. Si en efecto, la personalidad de la oveja es de mansedumbre y voluntad de sacrificio, realizará la plena expansión de su personalidad, con el goce o satisfacción consiguiente que esta plenitud trae aparejado, al encontrarse con el lobo. ¿Sonreís escépticamente? ¿Qué otra cosa significa el espíritu de sacrificio? ¿Qué otra cosa significa la corona triunfal del martirio? ¿Cómo se las hubiera arreglado el gran autor del drama universal, el creador del mundo, para que hubiera mártires, si al tiempo que el mártir no hubiera creado el verdugo? Suprimid a Judas, y ya no hay drama de la Pasión. Si el Supremo Hacedor, a la manera de los malos novelistas y dramaturgos, no le hubiera consentido a Judas alcanzar la plena expansión de su personalidad, deshaciéndole sus planes inicuos, a fin de que el justo triunfase, como sucede en los melodramas, se hubiera frustrado la redención del género humano. ¿Qué culpa tuvo Judas? Judas era necesario, era imprescindible, era uno de los contrarios que entraban en la combinación de la tragedia del Gólgota. Tan necesario e imprescindible como el oxígeno enfrente del hidrógeno para que haya agua, sin la cual no podríamos vivir.

Lo opuesto a la facultad creadora y espíritu liberal, es la facultad crítica y espíritu faccioso; o, con voz más amplia, espíritu conservador. El espíritu liberal sostiene que todo es bueno, puesto que todo obedece a algo y debe servir para algo. ¿Queréis un ejemplo de admirable trascendencia? Recordaréis el viejo León de Albrit, al «Abuelo» galdosiano. En su alma rinde culto al honor caballeresco y a la limpieza de sangre, como las más altas normas de vida. Sobreviene una catástrofe, que le rompe el corazón. Echa de ver, aterrado, que el honor familiar, que la fuerza de la sangre y continuidad del linaje no son nada, peor que nada. En la mente del «Abuelo» surge una comparación despectiva, repugnante. El honor es lo más bajo, es lo más vil y sucio, es... El «Abuelo» no osa pronunciar la fea palabra, busca un rodeo y dice: «El honor es una cosa que sirve para abonar las tierras.» Ya sabéis lo que es el honor en el sentir del «Abuelo». ¿Hay nada más miserable y asqueroso? ¡Ah! Pero sirve para algo. Y no así como quiera. Sirve para una de las funciones más nobles y reproductivas: para abonar las tierras. Esto es espíritu liberal. Para el espíritu liberal, lo malo es transitorio y relativo; aparece cuando las cosas son desencajadas de su fin propio, o cuando se constriñe a los seres a que desvíen el curso de su personalidad.