Por el contrario, para el espíritu faccioso y conservador, y para la facultad crítica, en el fondo de todas las criaturas yace un mal esencial. Llegan a esta afirmación por un procedimiento negativo, juzgando cada ejemplar por las leyes de su contrario: al chorlito, por las leyes del dragón, y al dragón, por las leyes del chorlito. Comparan en lugar de penetrar. Y así, motejan en la oveja la falta de independencia y de acometividad, y en el lobo la falta de mansedumbre. Y a tal punto extreman esta comezón cicatera de corregir las obras de creación que, en el conflicto entre la oveja y el lobo, desearían con toda su alma que la oveja se comiese al lobo. Con lo cual resultaría, en puridad, que la oveja era lobo, y el lobo era oveja; y todo estaba como antes, porque la naturaleza no admite enmienda.

Si a la facultad creadora y espíritu liberal los hemos simbolizado y encarnado, primeramente, en Dios, fuerza será simbolizar y encarnar el espíritu faccioso y a la facultad crítica en su contrario el Diablo. Ya en otro lugar hemos dicho que el jefe honorario de todos los partidos conservadores del mundo es el Diablo. Entiendan los conservadores que me leen que esto se dice únicamente en sentido alegórico.

No se me oculta que, a estas alturas de mi disertación, algún impugnador me propondrá un serio reparo. Helo aquí: «Si para el espíritu liberal todo es bueno, en cuanto es necesario, también serán para él buenos y necesarios el espíritu conservador o faccioso y la facultad crítica.» Respondo que sí. ¿Se concibe a Dios sin su viceversa, el Diablo; ni al Diablo sin su viceversa, Dios? Escuchad las últimas palabras de La loca de la casa: «Eres el mal, y si el mal no existiera, los buenos no sabríamos qué hacer... ni podríamos vivir.» Lo cual sugiere que las cosas son buenas miradas por la cara, y malas miradas por el envés, o viceversa. Por el equilibrio inestable, se produce el equilibrio estable. Todas las especies tienen los miembros pareados a derecha e izquierda. Con una sola pierna no podríamos andar sino a brincos, ni podríamos hacer alto por mucho tiempo. El brazo derecho es el órgano de la acción. ¿Para qué sirve el izquierdo? ¿Está colgado del torso por escrúpulo de simetría? El brazo izquierdo, de acuerdo con el derecho, sirve... para la consumación de la actividad y de la armonía. Sirve para abrazar. El espíritu liberal y el espíritu faccioso, Dios y el Diablo, las dos Potencias que Íñigo de Loyola se representaba plásticamente disputando el imperio de la humanidad, se darán al fin y a la postre el abrazo de Vergara. Diré aún más. En la penumbra de la conciencia del hombre se abrazan el Bien y el Mal, como la luz del día y la sombra de la noche se mezclan en el crepúsculo. Aquí está el toque que marca la diferencia entre la creación natural y la creación artística. En la creación natural, la moral es natural, o, por mejor decir, no hay moral. Los conflictos son luchas entre fuerzas materiales y ciegas. Es el reinado del liberalismo absoluto, del verdadero sufragio universal. El lobo obedece a la ley de la violencia, y el cordero a la de renunciamiento. Pero en la creación artística, el conflicto se traspone al terreno de la conciencia. El lobo, no sólo obedece a su ley, sino que tiene conciencia de ella, la formula y hasta la eleva a jerarquía filosófica, como vemos en las doctrinas nietzscheanas y pangermanistas. Tanto vale decir que el lobo tiene conciencia de la ley a que obedece, como que el hombre, impersonando el tipo lobo, se posesiona de la conciencia lobuna. En la creación natural todo es claro y resabido. Que el lobo es lobo, es bien claro. Que no estaría mal que el lobo en ocasiones no fuera tan cruel, no es menos claro y resabido. Un personaje de La loca de la casa advierte: «Las cosas muy claras y muy resabidas son para los tontos. Del misterio de las conciencias se alimentan las almas superiores.» Porque en el misterio de la conciencia, lidiando por encontrar coyuntura en que abrazarse y acoplarse en una moral superior y fecunda se enfrentan el espíritu liberal, que justifica al lobo, y el espíritu conservador, que lo reprueba. Y de este abrazo y común concordia resulta que el lobo, sin dejar de ser lobo, es oveja. ¿Cómo? Volviéndose perro; lobo, para el adversario; oveja, para el amigo.

Toda novela o drama que con dignidad ostente tal denominación debe ser reflejo fidelísimo del espíritu liberal, en cuanto a sus elementos componentes (llamadlo realismo, si gustáis; yo lo llamo idealismo), y en cuanto a su desarrollo, debe ser conflicto de conciencia, o, al menos, conflicto susceptible de ser trasmutado en conflicto de conciencia. Es de sentido común que los elementos componentes de la novela y del drama se ajusten a los modelos de la creación natural. Que la piedra caiga y la pluma vuele es de sentido común. Como que liberalismo no es sino sometimiento voluntario al sentido común. ¿Qué son los grandes artistas, los creadores excelsos, sino sagaces videntes del vasto sentido común con que se ilumina la conciencia universal, por encima de las claudicaciones y absurdos de las conciencias singulares? El sentido común cósmico se cierne sobre todas las criaturas, a la manera de atmósfera, aire y luz, con cuya linfa impalpable respiran, y los ojos se les despiertan al amable milagro de la visión. A todas las pone en maridaje, aun sin ellas saberlo, las encadena, las liga, como en un cuerpo invisible o unidad espiritual y religioso parentesco. En Trafalgar, el primero de los Episodios Nacionales, leemos: «Churruca, como todo hombre superior, era profundamente religioso.» Churruca, que en vísperas de aquella batalla se daba cuenta de que era de sentido común que los ingleses salieran victoriosos de los españoles. Y, sin embargo, luchó y entregó su vida en holocausto de la fatalidad, de la solución inexcusable, por otro nombre, sentido común. ¿Qué es religión, en su alcance más íntimo y venerable? El respeto a la obra del Creador. ¿Qué es sentido común? Otro tanto. ¿Qué es liberalismo? Lo propio.

Si todas las grandes obras, así de la conducta como del arte, se alimentan por modo arcano y difuso del espíritu liberal, cada obra en particular plantea un conflicto concreto de liberalismo. Es decir, que toda obra de arte nos inculca, de un lado, un sentimiento general e indefinido de liberalidad, de aptitud para la comprensión amplia de todas las cosas en conjunto; y, de otro lado, nos concentra la atención sobre el problema determinado de cómo cierta fatalidad, hostil a las demás criaturas en torno de ella, últimamente desemboca en el curso caudaloso y ecuánime de la armonía universal. Esto es, de cómo el lobo, sin dejar de ser lobo, puede trocarse en oveja, por ejemplo.

En La loca de la casa se nos muestra destacado el aspecto económico del liberalismo. Todos sabéis que el liberalismo, además de ser una manera de enfocar la vida en un sentido complejo y tolerante, o una modalidad de los espíritus, o una propensión sentimental, es una doctrina económica y política. ¿Será ligereza afirmar que el apetito y concupiscencia económica es el germen primero de toda especie de liberalismo?

Henos aquí ante Pepet, una figura descollante en la comedia. ¡Y qué transparente, como de cristal de roca, es la esfera de este carácter! ¡Qué regularidad y coordinación perfecta entre la hora que marca y el mecanismo interior! Pues, con todo, ninguno de los otros personajes, a excepción de Victoria, su mujer, se han tomado la molestia de examinar por dentro la maquinaria. No han querido ver sino la caja, de acero tenaz, que, aunque la tiren al suelo, el reloj no se para. Visto así por fuera, con espíritu faccioso y facultades críticas, Pepet es un «bruto, un vándalo, un don Judas de California, un Holofernes de manos puercas, un hereje, un feroz vestiglo, un lobo», y otros calificativos del mismo jaez, que le aplican, en la comedia, caballeros y señoras que con él han tenido la desdicha de tratar.

Aceptemos por un instante que Pepet es eso. ¿Qué culpa tiene él? Oigámosle hablar: «¿Soy acaso la naturaleza? ¿Soy yo quien ha hecho las cosas como son? ¿Puedo yo mudar las causas, quitar y poner los efectos? Si soy así, ¿qué remedio hay más que tomarme o dejarme?»

Pepet es un terrible ricacho. Está ya enormemente rico, y todavía su solo afán es crear más y más riqueza. «Aseguro—dice—que el dinero es bueno. Tengo bastante sinceridad para declarar que me gusta... que deseo poseerlo y que no me dejo quitar a dos tirones el que he sabido hacer mío con mis brazos forzudos, con mi voluntad poderosa, con mi corta inteligencia.» En esto de la inteligencia, ya veremos después si Pepet es tan corto como él mismo se pinta.

¿Qué es, según esto, Pepet? ¿Es la avaricia? No. Es algo anterior aún a la avaricia: es el egoísmo, el sagrado egoísmo. Y ¿qué es el egoísmo? Por lo pronto es una fuerza del mundo orgánico correlativa a la fuerza de cohesión del mundo inorgánico. Sin la fuerza de cohesión las cosas materiales se desmoronarían, se derrumbarían, se aniquilarían, volverían a la nada primieva y letárgica. El egoísmo es la voluntad de vivir, de robustecer y afirmar la propia personalidad. Su manifestación más simple es el apetito. Cuando un hombre ha perdido el apetito, lo ha perdido todo: la energía, el sentimiento, el pensamiento, todas las demás facultades. Cuando un pueblo o una nación carece de unos cuantos Pepets, que son al cuerpo social lo que los apetitos y voluntad de vivir al cuerpo individual, indica que las demás facultades sociales, la voluntad y energía políticas, la aptitud para las ciencias y las artes, o no existen, o amenazan desaparecer, o malograrán su crecimiento. En la base del liberalismo está el amor de la salud física, el cuidado por la robustez del cuerpo. ¿Qué libertad de conciencia será valedera sin equilibrio y satisfacción orgánicos? El enfermo, el flojo, el tibio, el triste, el sospechoso, el desganado, el epiléptico, el místico, no gozan ni pueden gozar linaje alguno de libertad de conciencia. «Mi salud es de bronce. No sé lo que es estar enfermo. Nací para vivir mucho, y viviré.» Así dice Pepet. Sin el egoísmo germinador y voluntarioso no puede darse civilización próspera, y sin próspera civilización no hay cultura del espíritu, sólida y satisfactoria. Bien lo ha comprendido Pepet, aun cuando a sí mismo se declare corto de inteligencia. Estas son sus palabras: «Como me he formado en la soledad, sin que nadie me compadeciera, adquiriendo todas las cosas por ruda conquista, hállome amasado con la sangre del egoísmo, de aquel egoísmo que echó los cimientos de la riqueza y de la civilización.»