Para Pepet no había sino una fuerza: el egoísmo, la fuerza de repulsión, la soberanía de la materia. Sólo miraba las cosas por la cara, y no por el revés. Le faltaba la segunda mitad del viaje circular. No presentía el tránsito del egoísmo al altruísmo; de la moral social a la moral de conciencia. No había llegado a desentrañar la gran verdad de que el bien propio es solamente síntesis y trasunto del bien común. Pepet se precipitaba, sin sospecharlo, en el ostracismo, en el aislamiento, en la irreligiosidad.
Pero a su lado está la esposa, la mujer imaginativa, la generosa, la propicia al sacrificio, la religiosa, que no busca sino unir a todos con lazos suaves y benignos. Victoria, por salvar a su padre de la ruina, se ha casado con Pepet: el rico. No le amaba; mas, apenas casados, Victoria adivina que su marido es juguete de una fuerza ciega, y ya le ama como a un niño, maternalmente. Victoria es lo contrario de Pepet, es la fuerza de atracción. Neutralizadas las fuerzas de atracción y de repulsión, las esferas se mantienen en la fruición de una paz inalterable. La imaginación generosa, en consorcio con el egoísmo, forman la más próvida coyunda, a prueba de contrariedades.
Ya se ha presentado la contrariedad. Victoria ha dispuesto de un puñado de miles de duros para ofrecérselos a una señora menesterosa. Al saberlo se despierta en Pepet el hombre prehistórico y cavernario, de ojos ardientes, dientes arregañados y manos rapaces, dispuesto a defender lo suyo a dentelladas y zarpazos.
—¿Cómo se llama lo que has hecho?—pregunta a su mujer.
—Justicia—responde Victoria.
¿Ruges, pobre Pepet? ¿Ruges porque te han cortado la ración de agua? ¿No entiendes que tu mujer te está curando? ¿No ves que cuanta más agua bebas, más rabiosa será tu sed? ¿Quieres matar a tu esposa? Pero ¿no ves cuán serenamente te desafía? Escúchala.
«Arrastróme hacia ti una vaga aspiración religiosa, y además de religiosa... socialista. La idea de apoderarme de ti cautelosamente para repartir tus riquezas, dando lo que te sobra a los que nada tienen.»
¿Oyes? Aspiración religiosa. Tu mujer es tu salvación. Estabas para desgajarte de la humanidad como un miembro anquilosado e inútil, ibas a ser como estatua de bronce, y tu mujer te hará revivir, haciendo que por ti corra de nuevo sangre humana. Y además de religiosa, aspiración socialista. Tú no has leído libros, Pepet, ni tampoco tu mujer. ¿Sabes lo que es el socialismo? Quizás tu mujer tampoco lo sabe; pero lo presiente. Ya la has oído: «una vaga aspiración». Un socialismo sentimental. Descuida y consuélate, que, después de este socialismo sentimental, se anuncia el advenimiento de un socialismo más exacto y más exigente. Su profeta ya ha hablado, y ha dicho que eres un mal necesario, es decir, que eres un bien; ha dicho que tú, heroico forjador del capitalismo, eres el magno propulsor de la cultura y del progreso, y que, sin ti, el triunfo postrero de la justicia humana sería inasequible, puesto que has reunido el dinero que al cabo será para todos.
Tu mujer te parece una loca. A tu mujer le pareces un salvaje. Tire cada cual por su lado.
Ahora están separados Victoria y Pepet. A solas, meditan. Victoria no puede vivir ya sin su bruto egoísta. Pepet no puede vivir sin su loca pródiga. Pepet comienza a presentir que el mundo no concluye en él, ni se acabará con él. ¡Oh! ¡Si Victoria le hubiera dado un hijo...! Vuelven a verse marido y mujer. Victoria declara hallarse encinta. Pepet está rendido.