COLOQUIO CON OCASIÓN DE UNA TERRIBLE LEONA

ERMINADA LA REPRESENTACIÓN de La leona de Castilla, y antes de retirarme a descansar de los afanes y azacaneos del día, hice recalada en un café. Como mis nervios estaban un tanto cuanto encalabrinados a causa de las tamañas proezas y atroces rugidos de la susodicha leona, me pareció lo más oportuno pedir un vaso de leche de vacas, ese licor o jugo orgánico tan inocente, tan suculento, tan benigno. Pues, estando ya con la cándida leche ante mí, sobrevino un amigo, el cual se sentó a mi misma mesa y comenzó a hablarme.

—Ya, ya le he visto a usted—dijo—en La leona, riéndose mucho.

—Usted perdone... Yo me reía en La casa de los crímenes, esa piececilla disparatada que representaron a continuación de La leona, pero no en La leona.

—Se rió usted en La leona o de La leona, desde la cabeza hasta la cola, y sobre todo de la cola; esto es, en el final del tercer acto y del drama.

—Usted perdone... Insisto en que padece usted una equivocación. Cierto que en donde yo estaba muchos espectadores se reían, y a carcajadas, como usted ha observado; pero yo no me reía. A mí me daba mucha lástima.