—¿Del autor?

—No sea usted malicioso; de la pobre leona, de las luctuosas peripecias que le acaecen, de su dolor de viuda, de madre, de gobernadora... Yo había entrado en la obra.

—Sin duda habré visto mal, cuando usted me lo asegura; pero yo juraría que se había estado usted riendo de muy buena gana.

—No me atrevo a desmentirle, ya que usted reitera con tanta certidumbre su afirmación. Sí, me habré reído sin darme cuenta, a causa de la emoción; pero no por burla o en mofa. No ignora usted que las emociones fuertes así solicitan las lágrimas como inducen a la risa, nerviosa e incontinente. Ya le he declarado a usted que yo había entrado en la obra, dejándome arrastrar, según los designios del autor, sin voluntad, en un modo pasivo, abandonando por entero mi espíritu al balanceo o vaivén de la rima, hasta sentirme como mareado, y aun lo estoy, que tres horas de rima o vaivén no son para menos. Si usted se ha embarcado alguna vez, habrá advertido cómo muchas horas después de haber echado pie en tierra firme perdura la sensación del balanceo, y es como si todas las cosas graves y aplomadas perdieran su gravedad y aplomo y se pusieran a danzar voluptuosamente sin pizca de circunspección ni decencia. Yo estoy mareado, estoy mareado todavía, amigo mío, a tal punto, que temo que este líquido manso, sustancioso y eucarístico (me refiero a la leche), y he dicho eucarístico acaso porque en este instante sufro de cierta contaminación poética; digo que esta leche temo que no se compadezca con mi estómago. Quizás no ignore usted que las obras de Esquilo hacían abortar a las mujeres grávidas, y añaden fidedignos autores de aquellos tiempos que, viendo sus tragedias, muchos espectadores caían accidentados. Tal es la rara virtud de las obras de verdadero linaje trágico. Como, desgraciadamente, nosotros, hombres y mujeres del siglo XX, no tenemos tan delicada susceptibilidad, las tragedias, por muy trágicas que sean, y esta malhadada leona lo es sobremanera, no llegan a producir tan desastrosos efectos. A lo sumo, y ya es bastante, un pronunciado malestar de estómago, que también puede achacarse a la mala costumbre española de las cenas copiosas y tardías, costumbre contra la cual ya se pronunciaron en la antigüedad Hipócrates y Galeno, y a la no menos mala costumbre de asistir al teatro recién cenado. Por donde vea usted que cierto reparo, con visos de oprobio, que algunos autores ponen al público español, tal vez no está cimentado en justicia. Consiste este reparo en motejar al público de aburguesado, conservador, frívolo, obtuso y egoísta, que no gusta en el teatro sino de obrejas livianas y solazadas, y abomina, o se retrae, de aquellas otras de mayor empeño, que, según frase ya consagrada, perturban la digestión. Nada hay, en efecto, que perturbe la digestión como una tragedia. Y yo reputo por plausible cordura que el público no quiera tragedias a raíz de la cena. La esencia de la tragedia declaró Aristóteles que era la catarsis, voz griega que literalmente significa purgación. ¿Podemos, por lo tanto, exigir que el público de buena fe se someta a esa terrible catarsis apenas ha concluído de cenar? Más acertado y discreto sería que la representación de esas obras demasiadamente trágicas y poéticas se traspusiera a la tarde, ya que la trasposición de la cena me parece empeño harto dificultoso. Advierta usted que cuando digo trágico y poético quiero que se entienda lo que de común se entiende y recibe como trágico y poético, que cada cual tiene su alma en su almario, y yo, como cada hijo de vecino, mi concepto de las cosas; pero si empleo un vocablo frecuente sin acompañarlo de explicación, es que de momento lo acepto como el empleo frecuente me lo brinda. Y a lo que íbamos. Crea usted que esa tragedia de la leona es para cortarle la digestión a cualquiera. Mire usted que cuando en el tercer acto se levanta aquella algarabía, que nadie se entiende, y el arcediano, que, al parecer, estaba aguardando detrás de la puerta, sale vestido de pontifical, y fulmina aquellos horrorosos anatemas sobre la infeliz leona, y ésta se irrita, y con aquella espada sin hoja, es decir, con la empuñadura de una espada que providencialmente lleva en la mano, precipitándose contra el arcediano le da aquel concluyente golpe sobre el morrillo que lo deja exánime... Aquello, reconocerá usted que es tremendo, es como una pesadilla. Yo me preguntaba: ¿es esto sueño, o es espantosa realidad? Y me tentaba el cuerpo, y me aplicaba cautelosos y moderados pellizcos, y miraba en torno, y veía gente batiendo palmas, otras riéndose con las manos en las ijadas. Y yo me preguntaba nuevamente: ¿estoy soñando? ¿Estoy de verdad en Madrid, en 1916? Y no podía creerlo. Aun no lo creo. Porque todavía estoy mareado, amigo mío, y se me figura que he soñado.

—En parte sí que ha soñado usted, o ha visto mal, porque la leona no mata al arcediano como usted dice. Lo que llevaba en la mano la leona no era una empuñadura sin hoja. ¿Para qué iba a llevar tan extraño e incongruente adminículo? Ni le dió el arcediano en el morrillo.

—Perdón. Le digo a usted que le dió un desapoderado golpe en el morrillo.

—Lo que llevaba escondido en la manga, y con su objeto, era una puntilla o cachete, como esos de descabellar reses bravas; y donde le dió fué en el cabello; por eso cayó como apuntillado. De todas suertes, tiene usted razón; aquello es tremendo. Muy fuerte, muy fuerte... Y de los versos, ¿qué me dice usted?

—Muy bonitos, muy fáciles, muy sensuales.

—¿Lo dice usted en serio?

—Claro que sí. Habrá usted oído asegurar que el autor es el legítimo heredero de Zorrilla.