OS ANTIGUOS, después de sus festines, gustaban de permanecer largo tiempo en torno de la mesa, platicando sobre temas sutiles y elevados. Estas sobremesas se llamaban pláticas o conversaciones sub-rosæ, esto es, debajo de las rosas, porque los personajes se habían coronado con ellas las sienes, dando a entender por esta manera alegórica que el discurso fuese apacible, manso el tono y las palabras perfumadas. Es cosa sabida que las digestiones copiosas y difíciles ofuscan o agrian el discurso y embotan el ingenio. Por eso los antiguos, antes de iniciar aquellas pláticas sub-rosæ, exoneraban el estómago con expedientes provocados.

Las sobremesas

Sub-rosæ y sub-spinæ

Nuevas ideas o doctrinas que buscan propagarse no luchan con ideas y doctrinas rancias que hayan hecho baluarte en las cabezas, sino contra la plenitud de los estómagos. La cabeza es vulnerable, es susceptible de rendirse a razones. El estómago es invulnerable y no entiende de razones. Los enemigos de todo ideal son aquellos que San Pablo denominaba vientres perezosos. En un estudio estadístico de las diferentes dietas nacionales, con su índice digestivo, hallamos que el garbanzo es el de digestión más prolija y onerosa. De aquí podemos deducir una ley, que recomendamos a los propagandistas políticos, y en general a todo linaje de propagandistas: «No hagáis propaganda después de comer, porque perderéis el tiempo ante una muralla ciclópea de vientres perezosos, y por lo tanto escépticos, y por lo tanto materia absolutamente contumaz.» La razón de lo menguado de nuestro arte escénico, y la responsabilidad de que lo excelente que tenemos, o sea las obras—sin excepción—de don Benito Pérez Galdós, apenas si se representen, no corresponde tanto al discernimiento del empresario cuanto al abdomen del espectador. La sobremesa del garbanzo, sea en el café, sea en el teatro, suele ser funesta.

Don Jacinto Benavente ha dado a sus artículos de El Imparcial el título genérico de Sobremesas, malicioso eufemismo que podríamos traducir en estos términos: «No hay que calentarse los cascos, la cuestión es pasar el rato»; en suma, una claudicación con los vientres perezosos. Después de una larga interrupción, las Sobremesas volvieron a aparecer hace cosa de cinco semanas. No recordamos si las Sobremesas de la primera época eran pláticas sub-rosæ. Estas de la segunda época son pláticas sub-spinæ. El señor Benavente tiene fama de escritor agudo. También es aguda la espina. Pero antes que esta agudeza que hiere, es la propia del ingenio la agudeza que penetra para mejor comprender. No recordamos de ninguna agudeza del señor Benavente que no sea alusión al sexo o menosprecio de la persona.

En todas las Sobremesas que van publicadas esta segunda época, el señor Benavente no puede disimular una obsesión de que adolece, y es la de hacer víctimas de su agudeza a los redactores de la revista España. Yo declaro que, en mi sentir, don Jacinto Benavente no pensó en incluirme en las alusiones maliciosas y vituperios soslayados con que pretende afligir a otros queridos compañeros que trabajan en esta revista. Por esta razón puedo permitirme decir a don Jacinto Benavente que ha cometido una injusticia que debe reparar. Sentimientos de delicadeza, a los cuales presumo que el señor Benavente no es nada refractario, me impiden argüir sobre esta afirmación. Al claro talento del señor Benavente no se le puede ocultar que su juicio intelectual sobre España, si fué sincero, no fué acertado. Y en cuanto al juicio moral... Según el señor Benavente, los redactores de España son unos envidiosos.

La envidia

Una larga y atenta observación de los hombres me ha convencido de que el único resquicio por donde podemos deslizarnos hasta el fondo oscuro del corazón humano es a través de los juicios morales que uno hace sobre la génesis de la conducta del prójimo. Nadie, aun cuando con ahinco se lo proponga, puede declarar por entero su sentir ni hacer confesión sincera de sí mismo, porque hay siempre una zona profunda y tenebrosa del alma que el propio interesado desconoce: es la zona donde se engendran las acciones, la zona de los motivos, de los estímulos. Esta zona se ilumina de conciencia y adquiere expresión cuando nos aplicamos a interpretar el origen de los actos ajenos, pues no teniendo otro criterio de juicio que el que dentro de nosotros mismos hallamos; por fuerza hemos de explicar la naturaleza de las acciones del prójimo conforme a la naturaleza de nuestras acciones. Y así, cuando el hombre aventura un juicio último sobre la conducta ajena, está haciendo, sin saberlo, la más sincera confesión pública. Si los envidiosos no hubieran atribuído nunca los actos ajenos al estímulo de la envidia, como por necesidad, y a pesar suyo, lo hacen, es seguro que los no envidiosos, aun viviendo rodeados de envidiosos, jamás hubieran podido imaginar o adivinar que existiese ese estímulo de la conducta que llaman envidia. Esto no quiere decir que el señor Benavente sea envidioso. Yo creo que, al motejar de envidiosos a algunos redactores de España, lo hizo por rutina, sin pararse a aquilatar el calificativo; fué un juicio a la ligera, de sobremesa.

Lo sustancial es que, en estas últimas Sobremesas, trascienden palmariamente las dos notas características del criterio conservador; son, a saber: claudicación con los vientres perezosos, y malignidad, entendiendo la malignidad en un doble sentido; de interpretación de la conducta por los móviles más bajos y de comezón de zaherir y fustigar. A tiempo que el señor Benavente trazaba estas Sobremesas, urdía una obra dramática: El collar de estrellas; naturalmente, una obra de fondo conservador. Y es lo peregrino que, en tanto el señor Benavente gozaba la fruición de hostigar a sus semejantes, en su obra dramática predicaba el amor al prójimo.