La predicación

Hemos estampado la palabra predicar. La última obra del señor Benavente tiene un carácter de misión apostólica. El escenario se toma en guisa de púlpito, desde donde el autor aspira a salvar las almas, adscribiéndose una especie de sacerdocio laico.

Tres pueblos solamente han producido un teatro nacional: el griego, el español y el inglés. Estos tres teatros, como obra del pueblo y posteriores a la unidad moral del pueblo, no era verosímil que derivasen hacia la predicación de normas morales en las cuales todos los espectadores participaban. Su matiz docente y religioso es meramente pasivo, de alusiones y reflejos. De entonces viene definir el teatro como espejo de las costumbres. El teatro alemán, si bien en su aspecto formal y estético no es sino un sucedáneo de aquellos tres teatros, señaladamente del inglés y del español, en su aspecto docente y social trastrocó los términos de la dramaturgia nacional. Antes, el teatro era obra del pueblo. A partir de Schiller, el pueblo debía ser obra del teatro. «Los alemanes hablan del teatro como un nuevo órgano con que refinar el corazón y el alma de los hombres; algo así como un púlpito seglar, digno aliado del púlpito sagrado, y, quizá, más a propósito para exaltar algunos de nuestros más nobles sentimientos, porque sus asuntos son mucho más diversos y porque nos mueve por varios caminos, dirigiéndose a los ojos con sus pompas y decoraciones, al oído con sus armonías, al corazón y a la imaginación con sus bellezas poéticas y sus actos heroicos.» (Carlyle: The life of Schiller.) De Schiller acá no ha habido gran autor dramático que no haya sido alguna vez inducido hacia este modo del teatro apostólico, por decirlo así.

La predicación desde el escenario está bien. Es más, se necesita de ella. Pero, ante todo, no se confunda la elocuencia con la retórica.

Quintiliano dijo: Pectus est quod facit dissertos; el corazón es el que hace la elocuencia.

Predicadores fueron San Bernardo y Fray Gerundio de Campazas. San Bernardo movía y se hacía entender, aun de aquellos que no hablaban su lengua. Fray Gerundio, ni aun de aquellos que hablaban su misma lengua era entendido, lo cual no estorba a que no pocas veces fuera muy celebrado, precisamente por eso. Y es que la elocuencia es un darse por entero, no tanto en palabras cuanto en la intención del acto, y no hay que salvar a los demás si antes no se ha salvado uno a sí propio. Elocuencia y vanidad son estados que no se avienen. Vanidad significa lo hueco. Elocuencia significa lo pletórico.

Don Pablo

Es este el personaje central de El collar de estrellas. Don Pablo pasa por elocuente; hasta sospechamos que gusta de ser tenido en opinión de elocuente. Pero don Pablo es un vano. Don Pablo pasa por humilde; pero don Pablo es un vano. La humildad afectada es la más vana de las vanidades. Y don Pablo, el humilde, así que la realidad no se amolda escrupulosamente a su voluntad, vuelve la espalda con desdén y se esconde en su olimpo o buhardilla. Don Pablo predica el amor a todos los hombres y a todas las cosas por igual e invoca en sus peroraciones a San Francisco de Asís; pero este amor suyo es más bien un amor intelectual, a manera de flatus vocis, que no le ha impedido vivir aislado de los dolores humanos ni le ha arrastrado a compadecerlos o compartirlos. Y cuando al cabo, a la vuelta de los años, don Pablo se digna descender al comercio de los hombres (con ciertas limitaciones), le vemos mezclarse tan sólo en los asuntos de su propia familia, para gobernarla según su omnímodo y caprichoso imperio. Esta familia se compone de corderos, algunos descarriados; pero, en resumidas cuentas, todos son corderos. Don Pablo viene a predicarles el amor. Pero sucede que por la casa aparece con sospechosa asiduidad un visitante que tiene algo de hombre de presa, algo de lobo. San Francisco, exclamaba: «Hermano cordero, hermana paloma»; pero también: «Hermano lobo, hermana víbora.» El corazón del santo era un ascua de amor. «Hermana oveja» de por sí no sería una expresión de santidad ni de amor, sino impertinente sandez. ¿Cómo se concibe que digamos: «oveja enemiga, paloma enemiga»? También aisladamente la invocación de «hermano lobo» carecería de espíritu. En la hermandad ha de ir abrazado lo uno con lo otro, como dando a entender que en la oveja y en el lobo no yace la voluntad de ser como son, que no somos quiénes para repudiar lo que diputamos por malo, ya que el mal, como todo, tiene una raíz divina cuyos fines últimos no podemos vislumbrar, y no sabemos sino que hasta el mismo mal, si tuviéramos la abnegación de amarlo, se transfigura en bien. Y ¿qué hace el amoroso don Pablo con este hombre de presa, trasunto del lobo? Lo arroja a puntapiés de la casa, después de haberle rociado de insolencias. Yo no me meteré a negar que no se deba hacer esto con los lobos. Lo que yo digo es que si don Pablo no fuese un charlatán, y conforme a lo que él predica, el lobo merecía más amor que los borregos, cuando menos necesitaba más de amor. Don Pablo es como una hermana de la Caridad que asistiese de buen grado a un enfermo que está en cama porque se dislocó una pierna, y se negase a asistir en un caso de tifus o de lepra; o como un médico que alardease de haber sajado un divieso, y siendo llamado para curar un cáncer, insultase al canceroso.