El amor no se manifiesta en palabras, sino en actos de amor. El amor es una verdadera fraternidad universal, sentimiento de la comunidad de origen.

Aquella familia de don Pablo

Se dice que aquella familia de don Pablo representa a España. Confieso que, hasta que me lo dijeron, no había caído en la cuenta. Aun después de habérmelo dicho, no acierto a atar cabos ni a puntualizar qué tipo representativo incorpora cada uno de los miembros. Yo creo más bien, porque lo considero más artístico, que el señor Benavente no buscó el esquema ideal de España, sino que procuró trasladar a la escena el eco vivo de una familia española, que es la mejor manera de tratar simbólicamente un gran segmento de la vida española y del problema español; porque cuando una cosa se nos da con realidad acusada enérgicamente adquiere un valor de símbolo para todas las cosas de la misma especie. Este es el procedimiento más eficaz del simbolismo artístico. El procedimiento inverso, de extremar un concepto y luego infundirlo en una individualidad de ficción, me parece, además de falso, peligroso. Y este segundo es, sin duda, el procedimiento de que el señor Benavente usó en un caso para simbolizar el pueblo en la criada de la susodicha familia, como tiene buen cuidado de advertírnoslo el charlatán de don Pablo. El peligro es que no faltará quien suponga que, según el señor Benavente, la salvación de España depende de las criadas de servir. El público del señor Benavente, femenino en su mayoría, objetará a esta tesis.

La familia de don Pablo ha venido muy a menos, y no se lleva bien por aquello de que «donde no hay harina, todo es mohína». Allí nadie sirve para ganarse el cónquibus de cada día. Consecuentemente se observa un estado de sorda exasperación, que es muy común entre españoles. Se ve que en la familia no reina la fraternidad. Y don Pablo viene a predicarles el amor. Claro está: amor, amor, así, a secas, se les figura una palabra muerta, una voz sin contenido.

Tomemos aisladamente los dos hijos de familia, que son los que más necesitan de redención. Lo que, ante todo, echamos de menos en ellos es cierto espíritu de rebelión. Son unos mequetrefes, unos seres inútiles, y no por culpa propia, sino porque nadie se ha tomado el trabajo de educarlos. ¿Por qué no se revuelven contra sus mayores y les exigen cuenta estrecha y dolorosa por no haberles hecho hombres? No pueden vivir en fraternidad, porque para llegar a este punto de amable y recíproca coordinación se exigen dos afirmaciones previas: libertad e igualdad, que vale tanto como decir: severidad para con uno mismo y tolerancia para con los demás. Se dirá, y hasta el propio autor nos lo insinúa, que aquellos mozos disponen de harta libertad. No es cierto. Dijérase que hacen lo que quieren. No es cierto, ni eso es libertad. Nadie me impide levantar 300 kilos de peso; pero no puedo levantarlos. Porque, en lo físico, libertad vale tanto como eficacia, como fuerza. Y aquellos mozos no han recibido ninguna educación física. En lo moral son menos libres aún. Su voluntad va y viene a merced de antojos y prejuicios. No saben lo que quieren, y si, por ventura, piensan que están queriendo, sienten el dolor rencoroso de no ser dueños de sus actos. Les falta educación moral y disciplina. Les falta igualmente educación intelectual, cuyo fin no es la instrucción, que es la tolerancia. Son, como vulgarmente se dice, unos gansos. No han viajado a través de los libros, ni a través de los hombres, ni a través de los pueblos, y así, a pesar del barniz de buenas maneras, están cerriles. Su tío, don Pablo, les recomienda amor y que hagan lo que les dé la gana, como si les pudiese dar alguna vez la gana de algo...

Don Félix

Es todo un hombre, henchido de vitalidad y de capacidad de futuro. Don Félix proviene de los ínfimos estratos sociales. Ahora le hallamos poderoso, millonario. Don Félix contempla con desprecio el pueblo bajo de donde él procede, no de otra suerte que el luchador que habiendo ganado lo más eminente de una fortaleza, al volver los ojos descubre que sus compañeros han rendido las armas. Ha sabido superar un medio social resignado o impotente. Su desprecio es más razonable que el del burgués o del aristócrata, cuyo encumbramiento es obra del pasado, y no de su esfuerzo. Aparte de que a estos últimos la clase baja les sirve de complemento de jerarquías, pues sin ella ni el burgués sería burgués, ni el aristócrata aristócrata. Por eso, en aquella llaneza de trato y patriarcal blandura con que la bien entonada nobleza se inclina hacia su servidumbre, familiares, vasallos y colonos, y que tanto encarece una dama anciana en El collar de estrellas, va escondida y disimulada una conciencia altanera y egoísta de división de castas, que es lo más ofensivo para la dignidad del inferior. Don Félix no ha medrado ni ha granjeado sus millones a costa del pueblo—¡apañado estaría!—, sino de los ricos holgazanes, de los vientres perezosos. Es lógico que éstos le aborrezcan o le ridiculicen. Don Félix es un hombre de voluntad y de energía. Es un mirlo blanco en un país en donde sobran don Pablos y Sobrinos. No falta quien murmura que don Félix ha añascado su fortuna por medio del matute y el contrabando. Ningún delito ha cometido. El delito, en todo caso, habrá sido del Municipio o del Estado. La marcha del progreso consiste en ir suprimiendo delitos artificiales. Para concluir con matuteros y contrabandistas no hay arbitrio más llano y justo que concluir con fielatos y aduanas. La lucha de clases engendra crueldad y sinnúmero de delitos. El remedio saludable no parece que sea predicar resignación a los de abajo y desprendimiento a los de arriba, sino extirpar las diferencias de clases, poco a poco, como se pueda. Y entonces se verá cómo el amor brota lozanamente sin que lo prediquen. No es que yo apruebe o desapruebe el concepto de la vida que representa don Félix. Me limito a exponer la razón superior de este tipo. Bernard Shaw lo ha desarrollado ampliamente en una de sus comedias, y en el prólogo de ella se lee: «En este tipo de millonario he querido representar un hombre que ha llegado, así espiritualmente como intelectualmente y prácticamente, a adquirir conciencia de una verdad natural irresistible, aunque todos la aborrecemos y rechazamos, y es ésta: que el mayor de los males y el peor de los crímenes es pobreza, y que nuestro primer deber—al cual debe sacrificarse todo otro linaje de consideraciones—es dejar de ser pobre. La pobreza no se debe consentir. Ser pobre significa ser débil. Significa ser ignorante. Significa ser un foco de contagio. Significa ser exhibición y ejemplo permanente de fealdad y suciedad. Significa convertir nuestras ciudades en laberintos de ponzoñosas callejuelas. Significa tener hijas que contaminan a nuestros jóvenes con enfermedades vergonzosas, e hijos que, involuntariamente, toman venganza haciendo de la masculinidad de la nación una masa informe de escrófula, cobardía, crueldad, hipocresía, imbecilidad política, y el resto de los frutos de la opresión y la mala nutrición.»

Sin embargo, el señor Benavente ha tratado el tipo de don Félix en chancha y con una triste ligereza satírica. Tipos como don Félix son en una nación lo que los estímulos activos en el organismo del hombre, que en cuanto faltan no hay por dónde atajar la muerte. Esa voluntad desapoderada de vivir es la exteriorización de la justicia inmanente y de la verdad permanente. Cuando en una nación escasea esta forma desapoderada de la voluntad de vivir, podéis afirmar que la nación está dejada de la mano de Dios. Don Félix no es un transgresor de la ley, porque la ley no está en las tablas; está en la naturaleza de las cosas. La ley escrita no ha formulado nunca verdades naturales, que son las que atañen a la voluntad de la vida y a su experiencia física. La ley no dice: «No te bañarás cuando estés sudando. No te arrojarás desde una gran altura. No comerás con exceso.» Porque hay una conciencia inmanente. La gastralgia es la conciencia de un estómago culpable. Todos los preceptos del decálogo son susceptibles de ser vueltos por pasiva, y algunos de ser anulados. 1.º Te amarás a ti propio sobre todas las cosas. 2.º No puedes jurar en vano el nombre de lo que no conoces. 3.º Trabajarás sin distinguir de fiestas. 4.º Incurrirás en grave responsabilidad para con los hijos que engendres, sin que se entienda que ellos están obligados en nada. 5.º Infinitos son los casos en que debes matar. 6.º (No juzgo pertinente definir sobre este mandamiento.) 7.º No es pecado hurtar; el pecado es poseer. Y así sucesivamente. Y es que las verdades naturales son aquellas que se refieren a la conservación del individuo, las cuales se descubren muy presto mediante una corta experiencia personal. Sabemos que el fuego quema, y nos guardamos de él, no porque nos lo hayan enseñado, sino porque lo hemos experimentado. La fuerza expansiva de nuestra personalidad nos empuja a probar de todas las cosas y a dominarlas; pero las fuerzas agresivas de la realidad nos enseñan a colocarnos en el término medio, desde donde las aprovechamos, aprendiendo, por ejemplo, que el fuego puede calentar sin quemar. En cambio las verdades escritas corresponden a la conservación de la especie, a cuyo concepto no se llega sino mediante una experiencia de generaciones, y en este punto, y porque no se olviden, se gravan en las tablas de la ley. Pero estos preceptos escritos que se pretende imponernos por autoridad, y son fruto de la experiencia ajena, no encierran propiamente emoción suasoria ni valor imperativo hasta tanto que no alcanzamos la conciencia fuerte y arraigada de que la conservación de la especie es nuestra propia conservación. Y el camino es éste: romper las tablas de la ley, y luego reconstruirlas con el sudor de nuestra frente y la esencia de nuestra vida. El egoísmo, en su sazón y madurez, se llama altruísmo. Sin el sentimiento de nuestros apetitos, ¿cómo podríamos comprender, justificar y simpatizar con los apetitos ajenos?