XAMINANDO EN CONJUNTO, como un panorama, la obra teatral completa de don Jacinto Benavente, echamos de ver a seguida que se trata de un paisaje cuya flora y fauna no corresponden a la zona tórrida ni a la zona fría, sino a una zona epicena, de transición, en donde el clima se muda arbitrariamente del calor al frío y del frío al calor, sin alcanzar nunca grandes extremos. No es la zona de la palmera ni la tierra del abeto; no es el país de la pasión ni la patria del ensueño. Es la comarca del álamo blanco, con sus hojuelas plateadas, como sonajas de pandereta; la comarca del sauce llorón y sentimental. Además del abedul y el sauce, hay sinnúmero de diversas especies, a que la templanza del cielo favorece, tan pronto terrizas, enmarañadas y rampantes, tan pronto ascendentes, arbóreas y gentiles. Y no sería raro descubrir una palmera o un abeto, que han sido trasplantados allí, si bien la palmera es estéril y el abeto está raquítico.
Las dos cualidades de estos paisajes de zona templada son: versatilidad y elegancia, entendiendo por elegancia cierta reducción de las proporciones y pulimento de las formas. Es una manera de elegancia que linda con la afectación y el artificio. Ante un paisaje menudamente ordenado por obra natural, ¿no aceptamos la idea de que la misma Naturaleza, en ocasiones, incurre en afectación? Son paisajes en donde no falta sino una tilde, un detalle sutil, para que al punto se truequen en parques públicos o en jardines de realeza. Lo cual no sucede con los paisajes tropicales ni con los paisajes norteños y de altura. Sobre arena o sobre nieve es imposible trazar un Versalles.
La obra teatral completa del señor Benavente está compuesta con aquella elegancia que participa de lo natural y del artificio. Y en cuanto a su versatilidad, es simplemente prodigiosa. El señor Benavente ha cultivado todos los géneros: el monólogo (Cuento inmoral) y el diálogo, el pasillo cómico (No fumadores), el sainete (Todos somos unos), la comedia burguesa (Al natural), la comedia aristocrática (Gente conocida), teatro infantil y fantástico (El príncipe que todo lo aprendió en los libros), la comedia rústica (Señora ama), el drama espeluznante (Los ojos de los muertos), el drama simbólico (Sacrificios), el drama policíaco (La malquerida), la comedia moralizante, a lo Eguilaz (El collar de estrellas, Campo de armiño), y, por último, un nuevo género, que llamaremos la comedia patriótica (La ciudad alegre y confiada).
Entre los géneros enumerados, hemos de propósito dejado sin clasificar un tipo teatral en que el señor Benavente ha reincidido con evidente delectación. Nos referimos a aquellas obras cuyos personajes son emperadores, reyes, príncipes, grandes duques y señores en amalgama promiscua con una taifa copiosa de tahures, criminales, ladrones, mujeres cortesanas, saltibancos y sus similares; todo el almanaque de Gotha del crimen, y el otro; en suma, ese haz de gentes que constituyen el mundo libertino y esteticista de la opereta; mundo apenas presentido y a medias inventado por los autores que escriben ese linaje de obras; mundo meramente literaturesco y escénico, sin existencia real. A este orden pertenecen La noche del sábado, La princesa Bebé, La escuela de las princesas y otras obras del mismo autor, pero de menor cuantía que las citadas.
Son obras que producen inquietante impresión; pero una impresión truncada, como si les faltase algo. Les falta la música de vals. Serían excelentes libretos de opereta. En ellas no hay argumento, o si le hay, es una mínima aprensión de argumento, diluída en la vena quebrada de lo pintoresco.
No interesan los personajes por su alma, sino por su traje. Interiormente son almas indistintas: las princesas parecen mujeres cortesanas, y las mujeres cortesanas, princesas. La fuerza artística no reside en la figura aislada, sino en las figuras sumadas, en el espectáculo, en el coro de figurantas y suripantas. No emana de todo ello ninguna emoción espiritual, pero sí algo que guarda con la verdadera y pura emoción cierto parecido falaz, y que es turbación del alma, deleitable acaso, pero siempre enfermiza. Es una turbación que nace de la sugestión del sexo, imperando sobre toda otra norma. Turbación que el compás de tres por cuatro, que es el compás del vals, contribuye a exaltar. Por eso, esta especie de obras literarias necesita de la música de opereta para su máxima intensidad.
Un personaje de La princesa Bebé dice muy seriamente (con tanta seriedad como cabe en un personaje de opereta): «De las fiestas del alma queda siempre el recuerdo de un vals.» ¡Carape! Claro está que, para estas criaturas, las fiestas más gozosas del alma deben celebrarse en un Casino cosmopolita o en un restaurante, al son de un sexteto de tziganos. Síguese lógicamente de aquí, que la música que aspira a una mayor elevación y trascendencia es soporífera farsa, cuando no codicia pecuniaria, a propósito para fascinar a los tontos y servir a los cursis de pretexto con qué dársela de seres superiores. Y así, en La princesa Bebé aparecen tres personajes, irrisorios y estúpidos sobre toda ponderación, que muy a las claras representan a la viuda de Wagner, al hijo del compositor y a un discípulo entusiasta de aquel maestro teutónico.
En definitiva, el mundo de la opereta es el mundo de la incomprensión voluntaria. Es un camino descarriado hacia la felicidad. Ya con voz de la Biblia se nos advierte que el comprender acarrea dolor. El personaje de opereta huye la operación del comprender por ahorrarse la secuela del dolor. Evita las realidades profundas y se apoya en realidades superficiales y fugitivas. Cuando cosas y personas le van siendo familiares, las abandona para no comprenderlas. Su norma de conducta es el cambio, el contraste, la diversidad de decoraciones. En invierno busca las tierras solares y en verano se acoge a los parajes ateridos. Abomina de la pasión y del ensueño, que son dos formas de inmovilidad y constancia. Su tono favorito es la sátira personal y ligera, que es un modo de incomprensión, puesto que consiste en mirar las cosas sólo por el revés. Su inquietud predominante y casi única se refiere a las relaciones sexuales; inquietud que vanamente procura esquivar mediante una transacción, despojando a la inquietud de su carácter de problema que se ha de resolver una vez por todas, para convertirlo en una sucesión de ensayos experimentales y de cópulas efímeras. El clima psíquico templado induce a esta transacción. En el clima tórrido no hay solución para el problema, sino en la muerte. En el clima frío, la solución es la castidad.
Que la opereta sea el mundo de la incomprensión voluntaria no arguye que el autor de una excelente opereta—pues en todo cabe excelencia y primor de arte—sea un hombre voluntariamente incomprensivo. Por el contrario, para reproducir con la imaginación, vivo, animado e interesante este mundo de opereta, en todo lo que es y significa, se exige poseer un talento sobremanera plástico y comprensivo. Si giramos los ojos en torno, observaremos que vivimos en un mundo de opereta, entre farsantes escénicos sin existencia real. Pero, para crear una obra de arte, no basta trasladar a la escena algunos fragmentos de la cotidiana opereta, habiéndolos copiado fielmente; es menester trasponerlos, fundirlos e infundirles una nueva vida imaginaria. Tal es el caso de La Princesa Bebé.