Bebé, la princesita linda y aventurera, que se arroja a campo traviesa en persecución de la alegría, y no halla sino tristezas; la mujercita voluntariosa y desenfadada, que se tiene por un poco anarquista, porque le gusta hacer su santísimo capricho; que siente deseos de llorar cuando escucha un vals; que celebra que la hayan tomado por una ramera; que se mete en aventuras terribles, y la más terrible que arremete es conocer de cerca un baile de candil; que recita a d’Annunzio, aplicándole la misma hermenéutica que a las coplas de Calaínos; que quiere «vivir su vida», esto es, pasársela diciendo y haciendo graciosas tonterías; esta amable y simpática princesita es como símbolo delicado y expresión florida del mundo de la opereta.
El viejo emperador casa a Bebé con un marido un poco bruto. El autor parece haber aludido a algún príncipe germánico. Bebé se enamora del secretario de su marido y se escapa con él, moviendo tanto escándalo en la Corte y en la Nación como es de suponer. Es un acto de rebeldía que han celebrado mucho los estudiantes. «La rebeldía es tan hermosa...», dice Bebé. «Fué en el cielo, fué junto a Dios, y hubo un ángel rebelde, que, por serlo, cambió el cielo por el infierno.» Pero, ¿es que Bebé ha realizado este acto de rebeldía deliberadamente, pensándolo seriamente? Sin esto no hay verdadera rebeldía.
Nada de esto. Cuando ya se va cansando del secretario, el cual le afea su extremado desenfado en público, y le aconseja pensar las cosas seriamente, ella responde: «Si yo lo hubiera pensado seriamente, no estaríamos ahora juntos.» Entonces, ¿por qué lo ha hecho Bebé? «Porque amo la alegría sobre todas las cosas.» Primera razón, según frase de Bebé. Donde dice alegría, léase holgorio o juerga. Segunda razón: «Porque quiero comprenderlo todo, amarlo todo, vivir en todo, vivir toda la vida...» Ya salió aquello. ¡Pobre Bebé! Comprenderlo y amarlo todo ... Sin duda, como has comprendido y amado a tu marido y a su secretario ... Di más bien que te cansas de las personas por pereza de penetrarlas. Hasta de ti misma huyes. Quieres descender, dejar de ser princesa, y te enoja que los demás recuerden lo que ayer eras. Pues, si has cambiado, ¿qué te importa que te lo recuerden? Y, si te molesta, es que, habiendo querido cambiar, no has sabido cambiar. Te molesta «la fe de erratas; que no enmienda ninguna y las recuerda todas». Y, sin embargo, linda e insustancial Bebé, hasta ahora no se ha hallado modo de enmendar una errata a no ser reconociéndola primero.
Tú quieres aparecer como una cualquiera, habiendo nacido princesa. Estás colocada accidentalmente entre personas que desean llegar a ser nobles o, por lo menos, a parecerlo, habiendo nacido unos cualesquiera. Esto lo consideras plebeyo, ridículo e irritante. No sabes que a las personas se las debe juzgar, tanto como por los hechos, por el hito adonde apuntan. Muchas veces, en la ingenua ficción, en eso que tú llamas pose, se descubre la realidad más honda, el ideal de un alma, el «quisiera ser», que vale mucho más que el «soy». ¿Quién es más plebeyo, Bebé: tú, o ellos?
Bebé quiso ser una cualquiera. Pero uno no es un cualquiera sino entre sus semejantes. Cuando Bebé se tropieza con un príncipe, primo suyo, adivinamos que se van a entender como un hombre y una mujer cualesquiera. El comprenderlo y amarlo todo de esta traviesa princesita, se reduce, en final de cuentas, a buscar un espejo en donde contemplarse a sí misma; total: inconsciente amor propio. En este punto el autor nos deja a media miel, y se con
concluye la bonita comedia de la antojadiza princesa
Bebé, que se cansó de su marido porque
la trataba como una cualquiera, y de su
primer amante porque la trataba
como princesa. Por el enunciado
del contenido de la comedia
se advierte que
no está exento de
alguna filosofía
moral.