L SEÑOR DON LUIS DE OTEYZA, al dar noticia, en El Liberal, de la primera edición de mi libro Las máscaras, ensayos de crítica teatral, me aconseja, a vuelta de elogios que por inmerecidos agradezco doblemente, que deje de escribir críticas, porque Dios no me ha llamado por este camino. El consejo no me coge desprevenido. Hay un señor que me envía cartas anónimas, un día sí y otro no, dándome el mismo consejo, y hasta me amenaza con acusarme al director de El Imparcial si no abandono de grado mis tareas de crítico. Pero como, por otra parte, personas de mucha doctrina y autoridad me alientan y persuaden a que persevere en mi labor, he decidido seguir escribiendo críticas, aun a sabiendas de que lo hago mal. Me sirve de consuelo, si no la certidumbre de que otros lo hacen peor, que esto jamás satisface a un hombre discreto, la esperanza de que con el tiempo lo iré haciendo mejor.

El señor Oteyza copia y desgaja de mi libro una sola afirmación, que aparece hacia el final de él, justificada, a lo que presumo, por todo lo precedente. Hela aquí: «Creemos que los únicos valores positivos en la literatura dramática española de nuestros días (nos referimos a los autores en activo, a los que proveen de obras los escenarios) son don Benito Pérez Galdós, y, en un grado más bajo de la jerarquía, los señores Alvarez Quintero y don Carlos Arniches.» Esto, el señor Oteyza lo califica de enormidad.

En efecto: cuando la verdad desnuda sale por entero del pozo en donde por pudor está casi siempre escondida, se nos figura enorme, cuando no ridícula, y, a veces, hasta monstruosa.

El señor Oteyza pone en mi afirmación este comentario: «Así como suena; Benavente no existe.» Sin embargo, el señor Oteyza ha podido ver que una tercera parte, bien sobrada, de mi libro la ocupa el estudio de algunas obras del señor Benavente. ¿Cómo iba yo a consagrar tan escrupulosa atención a lo que en mi sentir no existe?

Al no mentar entre los «valores positivos» al señor Benavente, después de haber estudiado sus obras con tanta prolijidad, claro está que no quiero dar a entender que no exista, sino algo peor, que existe como un «valor negativo».

He aquí el alcance concreto de mi afirmación, ya que, al parecer y contra lo que yo esperaba, no he logrado elucidarla bastantemente en mi libro. Jamás he puesto en duda las peregrinas dotes naturales del señor Benavente—eso fuera obcecación o sandez—: talento nada común, agudeza inagotable, fluencia y elegancia de lenguaje, repertorio copioso de artificios retóricos y escénicos. Pero todas estas dotes reunidas acarrean consecuencias particularmente vituperables y nocivas, porque están puestas al servicio de un concepto equivocado del arte dramático. Poco importa el error cuando su propagación y defensa le están encomendadas a una inteligencia premiosa y obtusa. Lo funesto es el error que arraiga en una inteligencia ágil y brillante, pero contumaz, de donde viene, como fruto fatal, el fariseísmo, el sofisma, el conceptismo, que son a las ideas lo que el retruécano a las palabras.

Todos, con rara unanimidad entre españoles, nos escandalizamos al contemplar el estado de pobreza, confusión y anarquía que ha reinado en los escenarios madrileños durante la última temporada. No ha habido obras que levanten un palmo sobre lo vulgar. ¿Por qué? Apenas si hay media docena de actores diseminados aquí y acullá por todos los teatros de España; actores que, en justicia, merezcan este nombre. ¿Por qué? Para hallar la causa es menester retraerse, en el tiempo, cerca de veinte años, cuando el señor Benavente, con talento y habilidad que nadie osará discutirle, comenzaba a imponer una manera de teatro imitada de las categorías inferiores y más efímeras del teatro extranjero.

Suponíase entonces que el señor Benavente traía la revolución al teatro español. Lo que traía era la anarquía. La revolución engendra un orden nuevo, que, al fin y a la postre, ensambla con la tradición y la continúa. La anarquía rompe con la tradición, es el reinado de lo arbitrario y cada vez engendra más anarquía. Y así estamos donde estamos.

El teatro del señor Benavente es, en el concepto, justamente lo antiteatral, lo opuesto al arte dramático. Es un teatro de términos medios, sin acción y sin pasión, y por ende, sin motivación ni caracteres, y lo que es peor, sin realidad verdadera. Es un teatro meramente oral, que para su acabada realización escénica no necesita de actores propiamente dichos; basta con una tropa o pandilla de aficionados. Y como quiera que durante los últimos años ha imperado el teatro del señor Benavente, con sus secuelas o derivaciones, han ido acabándose y atrofiándose los actores, como un órgano sin función, y correlativamente ha desaparecido de un golpe para el público español todo el teatro clásico nacional y extranjero, porque ya no hay actores que sepan y puedan interpretarlo, y faltando la norma perenne de los clásicos, que es el único término de comparación, el arte dramático y el gusto y discernimiento del público se van corrompiendo y estragando cada vez más.