MEFISTÓFELA

N ESTOS ÚLTIMOS días hemos asistido al intento de restauración de una obra añeja y momia: El dragón de fuego, y al desfloramiento o iniciación escénica de otras dos: Mefistófela y La Inmaculada de los Dolores (Ora pro nobis); las tres cuajadas en el fértil ingenio de don Jacinto Benavente.

De El dragón de fuego y su laboriosa tanto como baldía exhumación (pues llevaba tres lustros muerto, y bien muerto, y justamente enterrado), no queremos hablar; porque, una de dos, o no merece la pena hablar de ello, o, ya puestos a perder el tiempo, merece capítulo aparte.

Dediquemos, por lo tanto, nuestros ocios a saborear las doncelleces con que el señor Benavente nos ha brindado en estos últimos días: Mefistófela y La Inmaculada, etc.

Nuestro deseo es óptimo; pero la realidad no se corresponde con nuestro deseo. La virginidad de Mefistófela es la primera decepción, y, no porque esta individua, según nos advierte al punto el autor, se haya casado seis veces, tras de los correspondientes divorcios intersticiales, la postrera con un señor demonio, exornado, como todos los de su laña, con superfluidades frontales copiosas, sin duda como medida profiláctica contra las sorpresas del matrimonio, para que se vea si son precavidos los diablos y que a ellos ninguna se la pega; digo y repito que la decepción que nos ha causado Mefistófela no proviene de haber llegado hasta nosotros después de seis lunas de miel e innumerables cuartos de luna, no. La decepción es de un orden más elevado, más literario. Hablamos como críticos de teatro (malgré nous), y no como hombres o simples espectadores. La decepción ha sido motivada por la dudosa originalidad de la obra. Explicaremos esto de la originalidad dudosa. Aquí todo se explica..., y sentimos contrariar a quienes aborrecen las explicaciones.

Mefistófela guarda cierto parecido con una opereta francesa, trasplantada después al teatro alemán. Otras lucubraciones dramáticas del señor Benavente guardan también mucho parecido con diversas obras forasteras. En virtud de los parecidos superficiales, parecidos de rasgo externo, se ha acusado de plagiario al señor Benavente. Yo no concedo ninguna importancia al plagio, ni menos al parecido superficial. El parecido de asunto, ni aun de espíritu, no afecta en nada al mérito y originalidad de la obra posterior en el tiempo. Porque la originalidad no se engendra de fuera a dentro, sino de dentro a fuera; no radica en la periferia paciente, sino en el núcleo activo. Un autor puede tratar deliberadamente un asunto ajeno con el mismo espíritu de un autor precedente, y ser perfectamente original. Caben también las coincidencias. Un astrónomo francés, Leverrier, descubrió, por medio del cálculo matemático, el planeta Neptuno, en junio de 1846. Nueve meses antes, un astrónomo inglés, Adams, había descubierto el mismo planeta por el mismo procedimiento. En nada estorba a la originalidad de Leverrier la prelación de Adams, ni a la de éste la prelación de Leverrier en hacer público el descubrimiento.