Busquemos otro ejemplo en la vida de todos los días. Dos hombres, uno hoy, y otro después de algún tiempo, se enamoran ciegamente de una mujer. ¿Es que, por haberse enamorado después, el segundo es un plagiario del primero?
La originalidad, como el amor, se mide por la sinceridad e intensidad del sentimiento. Sentimiento vivificante; esto es, que da vida, que da origen a una nueva forma de vida. Eso sí: la originalidad es la condición primordial de la obra de arte.
El parecido de una obra con otra anterior en nada daña a su originalidad, pero acusa escasez de inventiva en el autor. La frecuencia de parecidos que se observa en la obra total del señor Benavente demuestra esterilidad de imaginación creadora. Aun sin estar al tanto de los originales en que el señor Benavente se inspiró o con los cuales coincidió por acaso, es bien cierto que las comedias de este autor no producen impresión de abundancia, de exuberancia, de fantasía. Se encarecerá la fecundidad literaria del señor Benavente, computando las muchas comedias que lleva escritas; pero, tomada cada comedia de por sí, el tema, asunto o maraña, es siempre minúsculo, precario, cuando no nimio. En este extremo, presumo que todos están conformes. La aridez inventiva del señor Benavente no estorba a que se le admire; antes estimula la admiración. Los intereses creados son apreciados como la perla de la labor benaventina, y Los intereses creados no son sino una de tantas adaptaciones modernas de la secular commedia italiana. Y, en cuanto a estirar un asunto mínimo hasta que dé de sí tres, cuatro, cinco mortales actos, esto, hoy por hoy, se estima como suprema habilidad.
Lo peor del teatro del señor Benavente no es la falta de inventiva, sino la falta de originalidad; no la aridez de imaginación, sí la aridez de sentimiento, y de aquí precisamente su sentimentalismo contrahecho y gárrulo. El señor Benavente (me refiero al señor Benavente autor), es todo mente, intelecto, razón discursiva; es ingenioso, es agudo, es certero en la sátira negativa, la sátira que se ensaña en los defectos del prójimo, con fruición, sólo por gozarse en ellos, a diferencia de la sátira moral, que, teniendo siempre presente una norma de perfección, fustiga dolorosamente los defectos por corregirlos. El señor Benavente ha querido fabricar con la cabeza un corazón; pero el corazón que ha puesto en sus obras es frío y vano, por demasiado raciocinante, cuando es sabido que el corazón ha sido puesto en el pecho con el fin providencial de elevar hasta la inteligencia un vaho cálido y nebuloso con que la luz en extremo viva de la razón se empañe, se mitigue y no nos ciegue. Dicen que las obras del señor Benavente encierran su filosofía. Bueno: llamémosla así. Esta filosofía, harto simplista, se reduce, en opinión de los hermeneutas entusiastas del señor Benavente (pues yo no tengo autoridad para tanto), al amor por todas las cosas; filosofía, a primera vista, un tanto incongruente e incompatible con un temperamento cuya aptitud más notoria y cultivada es la malignidad satírica. Y es que el sentimiento que encierra el teatro del señor Benavente no es tanto el verdadero amor, la difusión cordial, cuanto una vaga apetencia de amor, el volebat amare, que dijo San Agustín: quería amar. Y en tal sentido, sí que tiene algo de filosofía, por lo menos en la intención, el amor intelectual que resplandece con luz aterida en el teatro del señor Benavente. Al hombre, al más completo y cabal, le falta siempre algo; es como la tierra en que vivimos, que jamás el sol la alumbra en su totalidad y a un tiempo, sino que hay en todo momento un hemisferio de claridad y otro de sombra. El hombre piensa que lo más hermoso en la vida sería aquello que le falta, su hemisferio de sombra, por donde, a veces, el ansia de conocimiento (que esto es la vocación filosófica), le lleva a edificar con la inteligencia el hemisferio ausente y oscuro, enalteciéndolo, como obra suya que es, sobre el otro hemisferio, el más próximo y real, en donde reina la claridad nativa. Nietzsche, hombre flojo y desalentado, predica la filosofía de la fuerza y de la voluntad. En el punto inicial de todo sistema personal de filosofía se observa el mismo fenómeno.
Descendamos desde la limpia esfera de la filosofía hasta el tártaro fuliginoso en donde se aloja Mefistófela. En esta comedia de magia, como en las demás comedias de don Jacinto Benavente, se patentiza la «dudosa originalidad» que, con prolijo escrúpulo, acabamos de explicar. ¿Que antes de esta Mefistófela han salido a ejecutar mil diabluras en los proscenios otras señoras diablesas? ¿Qué importaba eso? Lo que importa es que ésta no llega a vivir por entero, no existe sino a medias, como un producto literario, mas no como creación dramática. Cierto que el resto de las obras del mismo autor no existen—en mi muy falible opinión—, como creaciones dramáticas, sino como productos literarios, productos muy exquisitos y agradables algunos de ellos; pero hay una diferencia en disfavor de Mefistófela, y es que el público la repudió iracundamente. Tengo para mí que este ha sido el único escándalo que ha movido el señor Benavente en el teatro; por lo menos, yo no recuerdo que haya fracasado antes con tanto ruido como ahora. Aludo, claro está, al fracaso escandaloso, porque éxitos escandalosos, por lo desusados y vehementes, el señor Benavente es el autor vivo que mayor número cuenta en el haber: Los malhechores del bien, Los intereses creados, La Malquerida, La ciudad alegre y confiada.
El público se enfadó con Mefistófela. Pudo advertirse cierta unanimidad en calificarla de estúpida. ¿Estúpida? Nos repele esta palabra, de prosodia bronca, explosiva. Pongamos que la infeliz Mefistófela, infeliz, a pesar de sus cinco divorcios, seis bodas e infinitos adulterios, no es nada más que tediosa. Esto es razón para aburrirse, pero no para encolerizarse.
¿Por qué, entonces, se encolerizó el público? Porque Mefistófela quiere ser un poquitín obscena. ¡Bah! No era para tanto. Comprendo que los asistentes a las pláticas religiosocientíficas del Padre Zacarías se solivianten y llamen a engaño si, en un instante de obcecación, se le ocurriese a este dignísimo religioso y hombre de ciencia aderezar sus monsergas con un chascarrillo libidinoso: primero, porque no se esperaba de él, y segundo, por el santo lugar en donde perora. ¿Pero sentirse lastimado porque el señor Benavente verdeguea..., y en el Reina Victoria? Declaro que no entiendo estos pudores del público, tan a deshora. Rara será la obra del señor Benavente, de la cual no se pueda extraer un florilegio de hojas de menta, tan provocativas y afrodisíacas, si no más, como las ingeniosidades y picardías de Mefistófela. La mentalidad del señor Benavente tiene tanto de mente como de menta. La primera vez que hubimos de manejar nuestra inocente pluma para escribir sobre la literatura del señor Benavente, comenzamos por estampar esta observación, nada perspicaz, puesto que a cualquiera se le alcanza: «No recordamos de ninguna agudeza del señor Benavente, que no sea alusión al sexo o menosprecio de las personas.» El teatro del señor Benavente adolece de continua obsesión del sexo; desde La comida de las fieras, su primer éxito, comedia en que menudean expresiones harto más picarescas que las de Mefistófela.
Al principio de esta temporada que ahora fina, en el teatro Odeón se intentó remozar las obras olvidadas del señor Benavente, porque, al parecer, en el momento de estrenarlas, el público no estaba preparado todavía para justipreciar su mérito. Pero ocurrió que el público sigue sin estar preparado, y lo que hace años no había gustado gran cosa, sigue sin gustar. Una de estas obras inapreciadas fué La gobernadora. Yo me dejé llevar de la curiosidad, y acudí a verla. Era patente que los incautos espectadores se aburrían mortalmente; pero, por no sentar plaza de ignorantes, sobrellevaban el tedio con resignación silenciosa. En todo el tiempo que duró la representación, el público sólo dió señales de aliento en cinco ocasiones, para celebrar con risas y guiños otros tantos donaires, que no se me olvidaron. Eran éstos. Primer donaire: un personaje habla de cierta muchacha que todo lo relaciona cronológicamente con su desgracia, diciendo: «Esto ocurrió tanto tiempo antes o tanto tiempo después de mi desgracia.» Otro personaje pregunta: «¿Cuál fué su desgracia?» Replica el primer personaje: «¿Pero no se ha enterado usted? Y qué fué chica...» Insiste el otro personaje: «Bien, ¿y en qué consistió la desgracia?» Repite el primer personaje: «¿No le digo a usted que fué chica?» Segundo donaire: un personaje habla de que las señoras de Moraleda han formado una liga, y pregunta al otro personaje: «¿Qué va usted a hacer frente la liga de las señoras?» Tercer donaire: un caballero dice a su hija, señalando a una especie de tenorio talludo, que está con ellos: «Aquí, donde lo ves, tan rozagante y presuntuoso, y puede ser tu padre.» La hija pregunta: «¿De veras?» Y el tenorio, maliciosamente, responde: «Cuando su papá lo asegura...» Cuarto donaire: la escena figura unos cuantos palcos de una plaza de toros. Se supone que los actores presencian una corrida. Uno grita: «¡Es un buey, es un buey!» Una muchacha pregunta a su mamá: «¿En qué se conoce que es un buey?» Y la madre, subrayándolo mucho, para que no quepa duda de la intención del chiste: «Niña, no preguntes tonterías.» Quinto donaire: el secretario del Gobierno civil induce, por fin, al adulterio a la gobernadora, y la está abrazando en el antepalco presidencial. Una señorita exclama, en tono equívoco, de manera que no se sabe si es por el secretario o por un torero que ejecuta proezas en el ruedo: «¡Qué faena está haciendo ese hombre!...» Y aquí cae el telón.
Una particularidad de los donaires picarescos del señor Benavente; casi nunca derivan lógicamente de la acción o circunstancias de la obra, antes por el contrario, se adivina fácilmente que eran anteriores a la obra y que luego se forzó el diálogo, a fin de interpolarlos.
Si las obras literarias deben ser cuidadosamente limpias, o bien es permisible la alusión al sexo, es materia opinable. Pero, admitida por el público la alusión jocosa al sexo, resultarán siempre menos disgustantes para un espectador culto y equilibrado las alusiones alegres, francas, naturales y sanas, como en los clásicos griegos y latinos, en nuestros clásicos, en los escritores del renacimiento italiano, en Shakespeare, que no las alusiones melancólicas, embozadas y enfermizas, que sugieren morosa y pecaminosa deleitación.