¿En qué relación se halla Mefistófela con las demás obras del señor Benavente? A nuestro juicio, en una relación de paridad. El señor Benavente ha practicado todos los géneros teatrales. Las obras del señor Benavente suelen ser imitaciones. Cada obra, tomada de por sí, está, respecto del modelo de su género, a la misma distancia que Mefistófela está del suyo, que es la farsa. Todas ellas son más o menos hábiles, ingeniosas, amenas, profundas, y aun añadiremos, si algún lector lo apetece, que no cabe mayor habilidad, ingeniosidad, amenidad ni profundidad; pero carecen de originalidad, en el sentido explicado anteriormente, es decir, que al autor le ha sido negado el don de vivificarlas.
Si ello es así, ¿por qué ha fracasado Mefistófela, en tanto la mayor parte de las otras son recibidas con favor y aplauso? Veamos de desentrañar este pequeño enigma.
La cualidad o sentimiento que engendra la farsa es la alegría, y la alegría no se puede sustituir con los sucedáneos del ingenio ni del talento. La alegría es el único sentimiento que no sufre disimulo ni admite simulación. Se simula el amor, el odio, la pena, la iracundia, etcétera, etc. La alegría, no. La alegría simulada es más triste que la misma tristeza, así como la alegría veraz es irresistible en su poder comunicativo. Mefistófela no fué engendrada en la alegría; se frustró, por lo tanto, su vivificación, y el público, claro está, no acertó a alegrarse, aun cuando estuviera animado de los mejores deseos. El caso con las otras obras es diferente. En ellas el señor Benavente se propone despertar emociones tiernas y sugerir pensamientos sublimes. Como de antemano gravita sobre el espectador la noción de que las obras del señor Benavente han de ostentar indefectiblemente aquellas altas virtudes, el público de buena fe se tienta la ropa antes de permitirse manifestar dictamen adverso, no sea que así acredite lo empedernido de sus entrañas y lo obtuso de su inteligencia, y al cabo opta por simular ternura y admiración, o por autosugestionarse con ahinco, hasta sentirlas. Pasa lo que en el cuento oriental de aquel farsante que decía tejer un paño que era invisible para los hijos de mala madre, y aunque no había tal paño, todos juraban estar viéndolo.
Por último, contribuyó no poco al fracaso
de Mefistófela la deplorable
interpretación y la presentación
escénica, de
un mal gusto
agresivo.
LA INMACULADA DE LOS DOLORES
L DÍA SIGUIENTE de estrenarse Mefistófela en el teatro Reina Victoria, se estrenó La Inmaculada de los Dolores en el teatro Lara. Y para que se diga que vivimos en un siglo de corrupción y malas costumbres... Mefistófela, la criatura infernal y alegre de cascos, fué rechazada con los pies; La Inmaculada de los Dolores, la criatura virginal y doliente, fué recibida con los brazos abiertos. Adviértase que el tálamo elegido para los desposorios de La Inmaculada de los Dolores con el público fué el teatro Lara. Esta particularidad, al parecer insignificante, quizás contribuya a explicar la buena acogida de La Inmaculada de los Dolores. El público de Lara es un público muy distinguido, hasta en los actos de piedad y ejercicios de liturgia. Ya el rotulejo de la nueva obra del distinguido autor señor Benavente no podía por menos de prevenir favorablemente al público de Lara. La Inmaculada de los Dolores... es un título elegantemente religioso, muy siglo XVIII, muy literariamente espiritual; recuerda aquellos primores titulares de ciertos devocionarios jesuíticos, Ancora de salvación, Alfalfa espiritual para los borregos de Cristo, etc., etc. Esto no obstante, aunque reconocemos la exquisitez del rotulejo, se nos ofrece un pequeño reparo. En la primera parte del rótulo, La Inmaculada, aunque con enunciación mutilada, está la alusión íntegra a un misterio dogmático de la Iglesia Católica. En el uso común se dice a secas La Inmaculada, pero se sobreentiende que es la Concepción. Prescindamos de la irreverencia que supone aplicar a una señorita cursi y circunstancialmente estéril el mismo nombre, tan bello por antinómico, de uno de los dogmas más poéticos y delicados: irreverencia que un público elegantemente religioso no puede echar de ver. Siempre resultará que el señor Benavente ha dicho lo contrario de lo que deseaba decir. Su título, en rigor, dice: «la que ha concebido con dolor e inocentemente»: Título, además de inexacto—pues en la obra se trata de una doncella—a todas luces absurdo. El señor Benavente, en sus altos designios, enmendándole la plana al Creador, ha anticipado de siete a nueve meses la terrible maldición bíblica: «parirás con dolor». Si fuera lo general lo que insinúa el señor Benavente, es decir, «concebirás con dolor», a buen seguro que se acababa presto el género humano. Se nos viene a la memoria la oración a la Madona que Anatolio France pone en labios de una ingenua campesina italiana: «Señora, vos que gozasteis la gracia de concebir sin pecar, concededme que yo pueda pecar sin concebir.»