En la gozosa acogida de La Inmaculada de los Dolores por parte del público, ha habido también algo del orgullo paternal para con el hijo pródigo que vuelve a los lares. La oveja, que parecía haberse descarriado el día anterior por arriscados vericuetos, volvía, dulce y mansa, al redil.
Digamos ya de una vez que La Inmaculada de los Dolores es una obrilla perfectamente insignificante, y, lo que es peor aún, perfectamente ñoña. Estos calificativos no sorprenderán al señor Benavente, ya que con harta evidencia se manifiesta en la obra que su autor quiso que fuese insignificante y ñoña. Yo lo razono así. El señor Benavente escribió esta obra como ofrenda amistosa a la señorita Pérez de Vargas, para que la estrenase en el día de su beneficio. La señorita Pérez de Vargas es una de las actrices más lindas y simpáticas; condiciones primordiales y casi únicas que hoy se exigen para ser actriz. Pero esto no basta para encarnar caracteres femeninos verdaderamente dramáticos. Cierto que la bellísima señorita Pérez de Vargas posee, por añadidura, temperamento emotivo y fina sensibilidad, acaso con exceso, pues a causa de la mucha emoción que pone en sus palabras escénicas, no es raro que se le lengüe la traba, digo, que se le trabe la lengua. No se deduzca maliciosamente de lo anterior que yo procuro menoscabar la jerarquía artística de esta actriz. La señorita Pérez de Vargas es primera actriz de un primer teatro con tan justo título como la mayoría de las primeras actrices. Si las primeras actrices jóvenes adolecen en general de una exagerada limitación de aptitudes, no es tanto culpa de ellas cuanto del género dramático que impera en nuestros proscenios desde hace cosa de veinte años. Ello es que el señor Benavente, puesto a escribir especialmente una obra para una primera actriz, por fuerza tenía que procurar que la protagonista de la obra apenas interviniese, y que, aun permaneciendo en escena, no abriese el pico sino en momentos inexcusables. Con este pie forzado claro está que es punto menos que imposible idear ni desarrollar una estimable comedia.
¿Qué pasa en La Inmaculada de los Dolores? Poca cosa y de ninguna entidad.
Una señorita provinciana, pobre, pero hermosa, va a casarse, sin amor y por conveniencia, con el único vástago de un matrimonio linajudo, individuo escrofuloso y miserable, así en lo físico como en lo intelectual. De sopetón se muere el novio. Y hete aquí a la señorita provinciana, pobre, pero hermosa, convertida en luctuosa viuda, aunque doncella, porque los padres del novio, que adoraban en su hijo, no admiten sino que la frustrada esposa llore ya de por vida al difunto, como esposa consumada. La doncella viuda no ha sentido un pitoche la muerte de su futuro; pero, como quiera que los padres de él, muy acaudalados, la tratan como hija, de donde los padres de ella, malparados de fortuna, reciben continuas mercedes, pues todos van muy a gusto en el machito. Pasan así tres años. En el pueblo es noción arraigada que la doncella viuda, La Inmaculada de los Dolores, vive sacrificada en aras del bienestar económico de los suyos y del egoísmo sentimental de los padres del novio fallecido. Esto no es cierto. A medida que el tiempo se aleja, y con él el recuerdo material del novio, enclenque, escrofuloso, de inteligencia cuitada, la doncella viuda va sustituyendo, en su imaginación, la figura corporal del desaparecido por otra figura más espiritual, amable y perfecta, con la cual llega a encariñarse, como obra suya que es, y a cuyo culto y memoria, cual si se tratase del novio de veras, consagra su virginidad, con cierto orgullo de su parte y no flojo contentamiento por parte de sus padres y de los del difunto. De esta refinada y cobarde hipocresía de conciencia, de esta prestidigitación entre los verdaderos sentimientos y los afectos provocados y fingidos, el señor Benavente pretende sacar una moraleja. Estas son sus palabras textuales: «Y así, fué dichosa la Inmaculada de los Dolores, porque ella supo hallar el secreto de la felicidad. Cuando la vida nos amarra a sus miserias; cuando tenemos que vivir como no quisiéramos; cuando tenemos que creer, hay que hacer nuestra fe de lo que tenemos que creer, hay que hacer nuestra fe de lo que tenemos que querer, hay que hacer nuestro amor.» Esto es: el secreto de la felicidad consiste en deformar la propia mente hasta admitir lo absurdo y caprichoso como razonable y fatal, y deformar el propio corazón hasta simular sin esfuerzo amores y dolores que no se sienten. Preciosa moraleja, a propósito para individuos inútiles y naciones agonizantes.
Digo más arriba que en esta obrilla no pasa nada, porque ni siquiera lo que queda referido acontece en escena. El lector supondrá que en el curso de la obra se nos aparece la señorita en cuestión; primero soltera y en amores contrahechos con su ridículo galán; que luego se nos muere el galán y ella se queda tan fresca; que presenciamos cómo los padres de ella y los del novio la cohiben y obligan a afectar un duelo exterior e insincero; que por último, se nos hace claro y palpable el proceso psicológico mediante el cual la muchacha lleva la hipocresía desde lo exterior hasta el fondo mismo de su alma, y cómo con esto se satisface. No hay tal. Todo ello ha sucedido desde cuatro años antes de comenzar la obra. Quizás, como sugiere un crítico de certero juicio, la comedia debiera principiar allí donde concluye, pues en su final se presume un brote de amor naciente, y esta vez espontáneo, entre La Inmaculada de los Dolores y un joven forastero. Pudiera entonces la comedia haber sido la lucha entre el amor, con todos sus incentivos, y un fantasma de amor; el triunfo de la vida sobre la mentira sentimental. Se levanta el telón: un aposento de una casa de huéspedes. Sale un burócrata de la provincia, huésped en la casa. Sale una sirvienta, con un servicio de chocolate, y hace una disertación criadil acerca del chocolate y de los fogones. Sale otro huésped, amigo del anterior. El segundo huésped ha llegado la víspera. Se oyen campananas doblando a muerto. «¿Qué es eso?», pregunta el huésped segundo. Y el huésped primero responde que son los funerales por el tercer aniversario de la muerte del hijo único de los marqueses de tal, y le espeta la historia de La Inmaculada de los Dolores, de pe a pa. Y concluye el acto primero. El acto segundo es en casa de los marqueses. Visita de pésame. Comadreo entre señoras. «Que si las de Repulido deben una cuenta en El Tulipán», etc, etc. Muy interesante, pero no pasa nada. Actos tercero y cuarto: en casa de La Inmaculada. Pláticas de familia, de las que nunca hice caso. No pasa nada. Acto quinto y último: en una librería, perteneciente al tío de la señorita en cuestión. Están el tío y la sobrina. Entran el huésped primero y el segundo. Este último había hablado una vez con la señorita y viene a despedirse, no sin dejarle de recuerdo un sobre con unas cuartillas, porque ahora sale con que es novelista. Quedan a solas el tío y la sobrina. Primero ella, para sí, y luego el tío, en voz alta, para el público, leen unas cuartillas que son, ni más ni menos y de pe a pa la historia de La Inmaculada de los Dolores, tal como la había contado el huésped primero en el acto primero, plus, la moraleja; por si el público no se había enterado todavía. Esta relación la lee el señor Thuillier, imprimiendo a toda su persona, y en particular a las manos con que tiene asidos los papeles, inquietante estremecimiento perlático, recurso demasiado hiperbólico de que este actor suele servirse para indicar que está muy emocionado y que los que le escuchan deben emocionarse también.
El señor Benavente califica su obra
de «novela escénica». ¿Novela
escénica? Un cuento para
Blanco y Negro.
Y gracias.