En trance tan problemático,
¿cómo tener el valor
de opinar, siendo el autor
muy amigo y muy simpático?
Mueven sonada querella
redondillas retumbantes
con la que llamó Cervantes
«hermosa y casta doncella».
¿Son los versos de relleno,
versos? ¿Sí? Pues los acato.
¿La poesía es sólo flato?
Si eso es poesía, bueno;
yo en la querella me inhibo
y al que ansíe ser poeta
le daré aquí la receta,
sin cobrar por el recibo.

Para salir bien del paso,
es la forma más sencilla
la estrofa de redondilla,
o de cuarteta, si acaso.
Escribirás, al principio,
un verso o dos: los postreros.
Después, llenas los primeros
con serrín, cascote y ripio.
La primera parte importa,
aunque no se diga nada,
para que vaya rimada
la estrofa, y no quede corta.

Acaso, en tu ingenuidad,
pienses que, si esta es la trama,
pudiera el poema o drama
reducirse a la mitad.
Y hasta temo que me arguyas,
allá en tu fuero interior,
que, para eso, lo mejor
fuera escribir aleluyas.

No te quiebres la chaveta.
Vete a favor de corriente.
En opinión de la gente,
¿quieres o no ser poeta?
Sin esfuerzo ni porfía,
a destajo y sin tormento,
por aquel procedimiento
harás mil versos al día.
Lleno de fama hasta el tope,
con alarde no sofístico
podrás hacer tuyo el dístico
que antaño compuso Lope:
Y más de ciento en horas veinticuatro
pasaron de las musas al teatro.

No te detengan atascos.
Huye el estudio que abruma.
Deja que corra la pluma.
No te calientes los cascos.
De la gloria los reflejos
pondrán un nimbo a tu frente
si procuras, diligente,
aprovechar mis consejos.

A esta altura, ¡aquí fué Troya!
No es posible dilatar
por más tiempo el disertar
sobre La maja de Goya.
Frío por la espalda siento.
Estoy más muerto que vivo.
¿Cómo hallar un paliativo?
Ya está. Ni blando ni esquivo,
referiré el argumento.

Primer acto. La cortina
se alza y descubre la escena.
Es una espesura amena,
de los Madriles vecina.
Con intuición de rayo,
y ya ni Dios lo remedia,
vislumbramos la tragedia
luctuosa del dos de Mayo.
Un merendero, con parra.
Manolas, con redecillas.
Hay baile de seguidillas
y rasgueos de guitarra.
Bien plantados y valientes,
Pedro Romero, el torero,
y Malasaña, el chispero,
se hallan con los concurrentes.
Hablan todos con medida,
a lo florido y galán.
Es claro, como que están
de jolgorio en la Florida.
Esmeraldas, sin agravios,
diamantes, perlas, rubíes
azucenas, alelíes,
vierten sin cesar los labios.
Todos sufren, espantosa,
aunque a ninguno le arredra,
la enfermedad de la piedra:
la de la piedra preciosa.
Rostro fiero, perfil corvo,
rojos e hirsutos mostachos,
se presentan dos gabachos,
que sufren el mismo morbo,
pues para pedir botellas,
con frases nada sencillas,
las piden en redondillas
y mentan soles, y estrellas,
y los rubíes sangrientos,
y el río Nilo, y la mar.
A la hora de pagar,
hacen grandes aspavientos.
Soltando la carcajada,
uno, el más desenfadado,
dice: «el oro del soldado
es el hierro de la espada».
Esto las chulas ultraja,
y para los castigar
amenazan con sacar
de la liga la navaja.
Cesa todo en un instante,
sin andar nadie a la greña.
Aparece la Cobeña,
como una chula de plante.
El torero, con donosas
imágenes, la requiebra,
como el que ensarta y enhebra
con la voz piedras preciosas.

Llega Goya, a quien promulga
la fama el mejor pintor.
Va vestido de un color
extraño: color de pulga.
Sin lastimar su recato
y encomiando aquella alhaja,
Goya le dice a la maja
que quiere hacer su retrato.
Ella acepta, en conclusión,
tras de algunos incidentes
que ahora no tengo en las mientes,
y, entonces, cae el telón.

Acto segundo. La casa
de la maja del retrato.
Fuera, tocan a rebato
y se asoma a ver qué pasa.
Se oye la repercusión
de un bombo, con fuerza herido.
Esto simula el sonido
de disparos de cañón.
La Cobeña, chilla airada.
Agítase, como fiera.
Mas con el ruido de fuera
no se le puede oír nada.

Cambio de decoración.
Cuartel, de gente pletórico,
al parecer, el histórico
Parque de Monteleón.
Sobre la entrada, tremola,
ígnea y gualda, nuestra enseña.
Canta un himno la Cobeña
a la bandera española.
Del cañón se oye el rugido
(bombo; ya estáis en el quid).
Villaespesa mata a Ruiz,
algo antes de lo debido[C].
La maja no se anonada,
y en tan triste situación,
¿qué hace? dispara un cañón
de ripia y tela pintada.
Cae nuevamente el telón.