B.—¿Se lo dijo así él mismo?

D.—Me lo dijo sin emplear, es verdad, la palabra sodomítico, porque tenía la costumbre de enmascarar sus abominaciones bajo un lenguaje florido. Ejerció la más diabólica influencia sobre cuantos se le aproximaron. Fué la más poderosa fuerza del mal en Europa, desde hace trescientos cincuenta años. (La exactitud de esta cifra, tres siglos y medio justos, ni año más ni año menos, no deja de sorprendernos.)

B.—¿Habla usted solamente de homosexualidad?

D.—No. Wilde era agente del demonio de todas las maneras imaginables. Su único objeto en la vida era atacar la virtud, denigrarla o presentarla ridícula.

B.—¿Qué edad tenía usted cuando le conoció?

D.—De veintiuno a veintidós años.

B.—¿Lamenta usted haberle conocido?

D.—Lo lamento amargamente.

B.—¿Considera usted Salomé como una obra clásica?

D.—No. Se ha hecho clásica a causa de los elogios insensatos de los críticos y de la notoriedad exagerada.