Llamó a la puerta. Le salió a abrir Alberto y entrambos pasaron al gabinete en donde Verónica estaba.
—Qué suerte la tuya, Verónica. Aquí tienes a tu ídolo. ¿No entiendes? El poeta Teófilo Pajares.
Verónica se puso como la grana. Deseaba examinar a su entero talante las particularidades físicas y apariencia corporal del poeta bohemio, pero no se atrevía aún.
—Es una desaforada admiradora tuya, Teófilo. No hace una hora todavía, me recitaba un soneto tuyo, algo así como un autorretrato psicológico.
—Aquello que comienza: soy poeta embrujado por rosas lujuriosas... —murmuró Verónica, cohibida.
—Pss. Es un soneto que escribí al correr de la pluma, por ganarme diez duros: cincuenta pesetas de lirismo.
Teófilo dejaba caer las palabras como el árbol demasiadamente enfrutecido deja caer el fruto, con absoluta indiferencia. Aparte de que le envanecía sobremanera que alguien se tomase la molestia de aprender de memoria sus versos, necesitaba en aquellos momentos aparecer en posesión de su valer y un poco descuidado y desdeñoso hacia la gente, porque tal se le antojaba el mejor diapasón para dar un sablazo y acoquinar un tanto al sableado.
—¿Qué te trae por aquí? Hace un siglo que no nos vemos. ¿Cómo sabías mi domicilio?
—Ángel Ríos me dijo que vivías con él, y que estabas un poco malucho. Pues, me dije, voy a visitar a ese...
—¿Qué te haces? ¿Trabajas?