—Pss... Tengo un drama casi concluido. Tres actos. Me faltan algunas escenas del último. Ya he leído los dos primeros a la Roldán y Pérez de Toledo. Me invitaron un día a almorzar, y de sobremesa, la lectura. Les gustó enormemente. Figúrate que cuando comencé a leer estaba la Roldán en un butacón, en una esquina de la pieza, y su marido en otra esquina. Yo iba leyendo, leyendo, metiéndome en situación, hasta olvidarme de lo que me rodeaba. Concluyo de leer, vuelvo en mí, como quien dice, y me veo a la Roldán y Pérez de Toledo, uno a cada lado mío, echados sobre la mesa y bebiéndome materialmente con los ojos. Los había hipnotizado.
También Verónica sentía los primeros síntomas de la sugestión hipnótica.
—Si yo me atreviera... —balbuceó Verónica.
—Yo me atrevo por ti, Verónica, porque te he adivinado. Verónica desearía que vinieras a leerle lo que llevas del drama, y yo te suplico que la complazcas.
—Es el caso que tengo tanto que hacer...
—Hombre, dos horitas, mañana por ejemplo..., bien puedes dedicárselas. Te anuncio que no puedes hallar mejor crítico, y si tienes ojos en la cara las observaciones de Verónica te serán de mucho provecho.
Alberto sabía que el drama de Teófilo y las circunstancias de su lectura eran pura patraña o cándida ilusión.
—Cállate tú, que eres un tío frescales —comentó Verónica, quien por desahogarse del respeto que Teófilo le imponía sentíase arrastrada a tratar a Alberto con extrema llaneza—. No le haga usté caso, yo soy una tonta y no merezco que usté se moleste; pero si usté fuera tan amable...
—¿Cómo no lo va a ser, siendo poeta?
—No veo la relación, querido Alberto...