—Hombre, amable es lo digno de ser amado. En este sentido no creo que haya nada más amable que un poeta. ¿No piensas tú lo mismo, Verónica? Como que poco le falta ya a Verónica para enamorarse de ti.

—¡Calla, loco, calla! —rogó Verónica, en las últimas lindes de la turbación.

—Y dime, Teófilo. ¿En qué época histórica has emplazado el drama?

—En la Italia renacentista— respondió Teófilo, muy aplomado.

—¿Y en qué ciudad?

—¿En qué ciudad? —Teófilo vaciló un momento—. En Milán.

—No me parece una ciudad tipo del Renacimiento pero... Ya ves, Renán, en su Calibán, coloca la acción también allí. ¿Y qué obras te han ayudado principalmente para darte el espíritu de la época, detalles episódicos y de fondo, etc., etc.?

—¿Qué obras? —Teófilo se amoscaba—. Pues varias obras: La Divina Comedia, el..., la..., varias obras. Cualquiera se acuerda.

—Di más bien que no te has ayudado de ninguna. Tú no conoces la historia; pero, como el otro, la presientes.

—Y aunque así fuese, ¿qué? Poeta y vate son lo mismo, y vate quiere decir adivino. Las cosas no son como son, sino como el vate quiere que sean o hayan sido. La naturaleza y la vida obedecen a la ley que el vate les impone.