Tras muchas y ásperas campañas, la fortuna comenzó a serle amiga y el éxito a lisonjearlo. Iba camino de alcanzar cuanto se había propuesto.

El señor Emeterio, que había dejado el oficio, y la señá Donisia, que había incurrido en menesteres porteriles por distraerse, decía ella, habían seguido caninamente a Monte-Valdés en todas sus andanzas y participado, con resuelto corazón, de sus privaciones. Sentían, además de amor, cierto orgullo reflejo por su señorito: esa jactancia de servir a buen amo, que es la verdadera cadena y muestra visible de todas las servidumbres. Por eso le amaban como el perro ama al hombre y el hombre ama a Dios, como un ser a medias familiar y a medias misterioso.

—Es que, verá usté, señorito —empezó a explicar la señá Donisia—, se cuela un méndigo en el portal, porque talmente era un méndigo. Ya sabe usté que el casero no quiere méndigos. Lo mismo da decir ladrón que méndigo.

—Mendigo, mujer, y no méndigo, como ha dicho usted por cuatro veces.

—Ladrón me paece más al caso. Pues como le digo, voy y no le dejo pasar. Pues que se arranca a decirme perrerías, y va y me da un puñetazo en el vientre; y na, que resulta que es el chulo de la señorita Rosa.

Monte-Valdés se peinaba las barbas. Al oír el nombre de Rosa, alargó el brazo y dijo:

—Basta, Dionisia. Que no le oiga a usted llamar señorita a una mala mujer. Veo que en esta casa no se puede vivir. Y como quiera que ya vengo pensándolo hace varios días, usted, Emeterio, irá hoy a verse con el casero y le dirá que me mudo en seguida. Yo mismo buscaré nuevo cuarto, y ustedes, si quieren seguir sirviéndome, me acompañan; si prefieren la portería y los gajes que le pueden venir de una mala mujer, se quedan.

—Pero es que... señorito —el señor Emeterio titubeaba.

—He dicho basta. Dionisia, traiga agua caliente que quiero vestirme al punto.

III