El albañil herido era el señor Emeterio; la mujer sollozante, la señá Donisia.
A solas ya, Monte-Valdés contó el dinero que le quedaba; cuatro pesetas y veinte céntimos. Tenía arrendado un cuarto y solía comer en cafés y restoranes de precio módico, solo dos veces a la semana, porque su sobriedad era tanta como las de algunos célebres españoles de otros siglos. Es decir, que sus arbitrios pecuniarios no alcanzaban a procurarle el sustento más arriba de una semana. No tenía amigos a quienes acudir, ni, de otra parte, se hubiera doblegado nunca a solicitar dineros.
Esforzábase en resolver tan intrincado problema cuando acertó a pasar frente a la iglesia de las Góngoras. Entró en el templo, sentose en un banco, y allí, estando con la cabeza gacha, los ojos entornados, las aletas de la nariz dilatadas por el olor a incienso y peinándose despaciosamente las barbas con los dedos, tuvo una revelación. Salió confortado de la iglesia y se encaminó a una panadería, en donde compró pan para un mes. Pan que luego conservó blando envolviéndolo en pañizuelos, los cuales mantenía húmedos siempre, como los escultores hacen con sus bocetos en barro. Antes de terminar el mes, y con él el pan, Monte-Valdés colocó dos artículos que cobró a cinco duros cada uno. Casi al mismo tiempo presentáronsele Emeterio, repuesto ya del percance, y la mujer. Su agradecimiento y adhesión al caballero eran tales, que a la vuelta de lagrimear y dar gracias centenares de veces, la Dionisia habló así:
—Señorito, nosotros queremos servirle a usté, estar siempre con usté y a sus órdenes pa lo que nos resta de vida.
—Me place. Yo no puedo vivir sino rodeado de servidumbre —y comenzó a peinarse las barbas, signo en él de reflexión—. Pero debo advertirles que yo soy un hidalgo pobre.
—Con usté, aunque fuese morir de hambre —afirmó decidido Emeterio—. ¡Mejor que con el Rochil!
—¡Sea! —concluyó Monte-Valdés.
A partir de este punto comenzó la época misteriosamente heroica de la vida de Monte-Valdés, la época de la conquista: conquista de renombre y, en segundo término, si ello viniera de añadidura, conquista de bienestar. Y así como la enjuta Castilla de los tiempos del Emperador, con el hambre en casa y la miseria, conquistaba el mundo lidiando por la fe, y tanto como se le apretaban las tripas se le erguía la cabeza ante ojos ajenos, Monte-Valdés peleaba, a su modo, por un ideal de arte, y cuanto más recia era la escasez en casa, más se le entiesaba y endurecía la raspa, que no la doblaba ante nadie. Solamente entre españoles se encuentra el tipo de hombre que ha hecho compatible el hambre con el orgullo y a quien no envilece la pobreza. No era raro que durante aquella época de conquista Monte-Valdés permaneciera algunos días sin salir del lecho, habiendo empeñado el único traje que poseía, por no morirse de hambre él y su servidumbre. Y si acaso en tales ocasiones aportaba un amigo de visita, recibíale Monte-Valdés en cama, con afable prestancia y un como natural olvido de las humildes cosas en torno de ellos, que no parecía sino que el lecho era estrado.
Era pendenciero, porque consideraba que en la adversidad los ánimos nobles se enardecen. Una de sus pendencias hubo de costarle una pierna, la derecha, que sustituyó con otra de palo. Si se le hubiera de creer a él, de este accidente recibió gran contento, porque le hacía semejante a Lord Byron, que también era cojo, si bien de distinta cojera.
—Lo que me duele —exclamaba a veces componiendo un gesto de consternación irónica— es sentirme incapacitado para aplicar puntapiés a los galopines de las letras y no poder desbravar potros cerriles —cosa la última que dejaba un tanto perplejo al interlocutor.