—Digo; como usted no las...
—Naturalmente que yo las doy.
En este punto apareció una mujer que hipaba y gemía, conduciendo de la mano una chicuela morenucha y enclenque. El médico se acercó a la mujer, y, en hablándole unas palabras, la mujer acudió a Monte-Valdés, y quería besarle las manos. El escritor, con ademán y son evangélicos, dijo:
—Mujer, no llores, que lo que hago no vale la pena. Toma los quince duros.
La mujer quiso saber el nombre y domicilio del protector de su marido. Resistíase Monte-Valdés, pero hubo de ceder al fin.
Una modistilla, arrastrada por ese instinto sentimental y burlesco que es toda el alma de las madrileñas de clase humilde, gritó:
—¡Viva Don Quijote!
Y los testigos de lo acaecido, en su mayoría de pueblo bajo, hicieron coro:
—¡Viva!
Monte-Valdés, gran enemigo de la plebe y despreciador de sus arrebatos, huyó con ligero compás de pies. Las menestralas, que le veían de espaldas, con su larga cabellera y extraño pergeño, lloraban de risa.