—¡Por Dios, don Alberto! —suplicó la señá Donisia con extremada y dolida humildad.
Marido y mujer acercábanse siempre a don Alberto poseídos de medrosa devoción. Lo amaban como el perro ama al hombre y el hombre ama a Dios, como a un ser a medias familiar y a medias misterioso.
Don Alberto del Monte-Valdés, como los españoles de antaño, había dado los nerviosos años de la juventud a las aventuras por tierras de Nueva España, en cuyo descubrimiento y conquista, al decir de don Alberto, habían tenido gloriosa parte antepasados suyos. Acercábase a la mitad del camino de la vida cuando retornó a la metrópoli y cayó en la villa y corte, luciendo extraña indumentaria y anunciando la buena nueva de un arte extraño. Los transeúntes reían de su traza; los cabecillas literarios hostilizaron con mofas sus escritos. Monte-Valdés, como haciéndose fuerte en un baluarte, entonó la vida conforme a una pauta de orgullo, mordacidad y extravagancia, que tales eran los tres ángulos de su defensa contra burlas, insidias y rutinas ambientes. Algunos escritores mozos le seguían y remedaban. Y a todo esto, el escaso dinero con que había llegado a Madrid andaba a punto de consumirse. No conseguía publicar ningún artículo en los periódicos, y si por acaso alguna revista de poco fuste se lo acogía, no se lo pagaba, como no fuera en elogios. Habiéndose reducido su caudal a dieciséis duros mal contados, caminaba cierto día sin rumbo por las calles, considerando lo que darían de sí y el tiempo que tardaría en ganarse otros dieciséis, cuando un corro de apretada gente, al pie de una casa a medio construir, le atrajo la atención. Abrió brecha entre los mirones a codazos y descubrió en el centro un hombre lívido y quejumbroso, yaciendo en tierra. Dos personas parecían prestarle auxilio y examinarlo. Trajeron una camilla y en ella acomodaban al herido a tiempo que Monte-Valdés, llegándose al lugar de la escena, interrogó a una de aquellas dos personas, que resultó ser médico:
—¿Qué ha ocurrido?
Monte-Valdés, como Don Quijote, suspendía a quien por primera vez hablaba, con una emoción entre imponente e hilarante. El médico examinó despacio al advenedizo, se encogió de hombros y respondió despegadamente:
—Nada; ya lo ve usted. Un albañil que se ha caído del andamio. Nada.
—¿Cómo que nada? —rezongó a lo sordo Monte-Valdés, sacudiendo barbas y quevedos.
El médico volvió a examinar al intruso, pensando si estaría loco. Y habló de nuevo, esta vez con cortesía:
—Digo que nada precisamente por eso, porque este nada quiere decir todo: quiere decir que el hombre quedará inútil para toda su vida, cosa que, en resumidas cuentas le estará bien merecido, porque son unos bestias, que no se cuidan de nada; eso, como no estuviera borracho. Y digo que se quedará inútil porque el arreglo del brazo, que es donde tiene la quebradura, no se puede hacer sino con un aparato ortopédico que vendrá a costar setenta y cinco pesetas, y como él no tiene las setenta y cinco pesetas ni quien se las dé, pues, ¡nada!
—¿Y quién le ha dicho a usted que no tiene quien se las dé? —bramó opacamente Monte-Valdés, despidiendo centellas por los ojos. Ahora fueron tan violentas las sacudidas de los quevedos que hubo de afianzarlos en la nariz con insegura mano.