—Pero —acordándose del golpe recto de Teófilo—, si es que me ha soltao un mamporro talmente aquí... —señalaba lo más avanzado del vientre.
—Ya, ya. Y na, que hay que cerrar el pico, porque las propis de la señorita Rosa...
—Es la princesa del Caramánchimai, Emeterio.
—Y que lo digas, Donisia.
Y se engolfaron en las tinieblas del cuchitril.
II
Habíanse entrado en la portería el señor Emeterio y la señá Donisia cuando se oyeron grandes y majestuosas voces llamando al marido y a la mujer. Acudieron estos al lugar de donde las voces partían, para lo cual hubieron de atravesar un pasadizo que daba a un angosto patizuelo; en él, una puerta con dos escalones, y por ella se entraron a una pequeña antesala y luego a una ancha pieza, con vidrieras a un costado y en el techo a modo de estudio de pintor. Estaba esta pieza atalajada con pocos y vetustos muebles de nogal denegrido; un arcón tallado, sillones fraileros, y en el respaldo de uno de ellos una casulla, una mesa de patas salomónicas trabadas entre sí por hierros forjados, un velón de Lucena, algunos cacharros de Talavera y Granada, una cama con colcha de damasco de seda carmesí, y en la cama un hombre flaco, barbudo y sombrío. A la primer ojeada, este hombre ofrecíase como el más cabal trasunto corpóreo de Don Quijote de la Mancha. Luego, se echaba de ver que era, con mucho, más barbado que el antiguo caballero, porque las del actual eran barbas de capuchino; de otra parte, la aguileña nariz de Don Quijote había olvidado su joroba al pasar al nuevo rostro, y, aunque salediza, era ahora más bien nariz de lezna.
Estaba el caballero sentado en la cama, con una pierna encogida y la rodilla muy empinada, haciendo de pupitre, sobre el cual sustentaba un cartón con una cuartilla sujeta por cuatro chinches. Con la mano derecha asía un lapicero. Despojose con la izquierda de las grandes gafas redondas, con armazón de carey, y miró severamente al matrimonio. Sin embargo, sus ojos, fuera por sinceridad, fuera por condición de la miopía, delataban gran blandura de sentimientos.
—¿Me quiere usted decir, Dionisia, a qué obedece el escándalo que usted ha movido en las escaleras? ¿No sabe usted, mujer, que no puedo trabajar si hay ruido? ¿Quiere usted obligarme a que busque nuevo alojamiento a cien leguas de su desordenada vocinglería? —habló el caballero, con un tono semejante al de un actor joven representando un papel de arzobispo.
—¡Por Dios, señorito! —rogó el señor Emeterio.