—Pero que muy bien dicho —comentó el señor Emeterio—. Quiere decirse entonces que usté sabe disimular si mi señora ha tenido un lasus o quiprocuó.
—Claro, claro —aseguró Teófilo sin atreverse a reconquistar la bota y sustentándose en un pie.
—Pues, buenos días y disimular. ¡Tú, anda p’alante! —y el señor Emeterio, en funciones de imperio conyugal, acompañó esta orden haciendo castañuelas de los dedos.
La señá Donisia comenzó a retirarse con paso remolón y gesto reacio. Volvíase de vez en vez a mirar de soslayo, tan pronto a Conchita como a Teófilo, y sus ojeadas eran, respectivamente, de servilidad y de encono. Desde el comienzo de la escena la conducta de la señá Donisia había sido ejemplarmente canina. Recordaba esos perros de casa grande que ladran con rabia descomunal al visitante humilde; luego, si por ventura se han excedido en su celo, el visitante es admitido a la mansión del dueño y ellos golpeados por un sirviente, vanse mohinos y rabigachos, con ojos inquietos, tan pronto recelosos del castigo como coléricos hacia el intruso.
Así como la señá Donisia descendió los cuatro escalones, Teófilo recuperó y se calzó la bota, que era de elásticos, aun cuando había renunciado ya a sus cualidades específicas de elasticidad; y como si se hubiera ajustado al tobillo, no una bota, sino las alas de Mercurio, voló, más que subió, al piso primero.
En estando a solas los dos porteros se les serenó la cara: la de la señá Donisia dejó de ser iracunda y servil, y la del señor Emeterio perdió su prosopopeya y toda suerte de aderezo figurado. Mirábanse llanamente el uno al otro, como matrimonio bien avenido, y era evidente que se comprendían sin hablarse.
—¡Pero miá tú que la señorita Rosa!... —chachareó la mujer, conduciendo involuntariamente la mano al paraje en donde Teófilo había descargado el golpe—. Si son unas guarras... Ya ves tú si el señor Sicilia, y más ahora que le han hecho menistro, le dará lo que la pida el cuerpo...
—¡Qué ha de dar, Donisia! A su edad...
—No seas picante, Emeterio. Digo que si le dará tantas pelas, ¡qué pelas!, tantos pápiros como pesa. Pues na, que le ha de poner la cornamenta. Y entavía, si fuera aquello de decirse con un señorito decente. Pero, ¡hay que ver el chulo que ha selecionao!... Con una cara de tísico... Pues, ¿y los tomates del calcetín? ¿Te has fijao?
—¿No m’había de fijar, Donisia? Las hay pa toos los gustos. Pero tú, también, ¡vaya que has dao gusto a la muy! Y hay que tener púpila...