—¡Tú, a callar! —y enderezando la mirada a Teófilo—: Vamos a ver, ¿le ha faltao mi señora?

Disponíase la portera a protestar, pero el señor Emeterio, con un movimiento autoritario del brazo izquierdo, la redujo a silencio y sumisión.

Teófilo estaba aturdido y nervioso. Comprendía que el señor Emeterio estaba en la duda de dar o no una paliza a la señá Donisia, y que el porvenir colgaba de su respuesta.

—¡Vaya! —intervino Conchita, impacientándose—, que se hace tarde y no puedo estar toda la mañana a la puerta. Suba usté, don Teófilo. ¡Vaya si son ustedes pelmas!...

—¡Un hemistiquio, Conchita! —rogó el señor Emeterio.

—Un hemis... ¿qué? —y Conchita rio alegremente.

—Quiere decirse un momento —el señor Emeterio enarcó las cejas y chascó la lengua; daba a entender que era tolerante con la ignorancia de Conchita. Dirigiéndose a Teófilo, repitió—: Vamos a ver, ¿le ha faltao mi señora?

—¡Oh... verá usted!... No; de ninguna manera —Teófilo no sabía qué decir.

—Creía... —insinuó el señor Emeterio.

—¡Bah! —concluyó Teófilo, esforzándose en sonreir—. Una equivocación cualquiera la tiene.